El dandi sale de la cárcel. Por la vaharadas de vapor que salen de su boca, sabemos que hace un frío humedo, despiadado. El paisaje es una mancha gris sobre un fondo blanco, como en un cuadro de Malévich. Sus andares, una mezcla de indecisión y desaliento, se dirigen a un banco. Espera el autobús que no vendrá a recogerle. Se tumba en posición fetal. Pero algo falta en la escena. Podría ser la
Pietà sin Miguel Ángel, sin la virgen ni Cristo que lo componga. Demasiada gélida esta escena, incluso para Hopper, cuyo espíritu respiramos en los interiores de esta cinta que Vincent Gallo dirigió en algún momento de 1998.
Hay películas que en un primer vistazo nunca acaban de gustarme. Esta que vuelvo a ver este fin de semana no me gustó entonces. La encontré desaliñada. El tiempo siempre nos ayuda a comprender y, en contra de lo que suele suceder, mejorar aquello que hemos recordado con desconfianza. Puestos a exagerar –el cinéfilo exagera por naturaleza-, diré que esta es una de las mejores historias de amor de los noventa, una década que, por otra parte, no nos ha deparado grandes historias de amor, aunque pueda recordar alguna: la de Anthony Hopkins y Debra Winger en Tierras de Penumbra, inspirada en ese interminable epitafio,
Una pena en observación (Anagrama), que el poeta C. S. Lewis dedicó a su amada Joy Gresham.
Buffalo 66 es una película llena de silencios. Billy, el protagonista, es un auténtico desgraciado que ha pasado cinco años en la cárcel por una apuesta que no pudo cubrir. Su horizonte no es nada halagüeño y así se nos manifiesta al comenzar la película. Lo primero que quiere hace Billy al salir de la cárcel es mear, pero todo conspira en su contra. Billy, qué remedio, sólo puede encontrar alivio en una academia de baile, donde encontrará a Layla (Cristina Ricci), una suerte de Shirley Temple maquillada con habilidad egipcia y musical. Todo ocurre por casualidad, como en los mejores episodios de la vida. Todo ocurre en la anémica Buffalo, horizonte de autovías, moteles y dinners solitarios.
Hay muchas películas llenas de silencio (Le samurai, de Melville; El Verano de Kikujiro, de Kitano, etc.), pero en muy pocas el silencio se muestra a través de la interminable, contradictoria y en ocasiones violenta logorrea del protagonista, cuyas palabras acaparan la mayoría de las líneas de diálogo. Billy habla para no tener que explicarse y silenciar así un pasado desastroso. Billy habla para que los demás no le hablen y no tener que soportar sus reproches. Billy calza botines rojos y “es el chico más guapo y más dulce del mundo”.
Para variar, la sección de cultura de El Mundo publica algo interesante. Hoy destaca a doble página la noticia de la traducción de
Truffaut o el párpado de un genio, la más completa biografía de ese aspirante a delincuente que André Bazin salvó del reformatorio. Y es que, de todos los directores de la Nueva Ola, yo me quedo con el auteur de
Los Cuatrocientos Golpes. Será porque sus películas, mínimas, en ocasiones irregulares, nunca me han parecido pedantes. Todo lo contrario de Godard, insoportable cineasta del que sólo salvaría alguna de sus primeras obras. El resto me parece filmado con la intención de provocar el bostezo. Vean si no la ininteligible versión de
El rey Lear que realizó en los noventa, elegantísima e independentísima forma del aburrimiento. Godard podría hacer suyas las palabras de Albert Boadella: “Voy a leer a Kafka y kafkáfmela”.
Truffaut juega con la ventaja de la humanidad y eso, como diría John Rambo, no es como escupir en la calle. Truffaut, que murió joven, como todos los genios, filma otra gran historia de romance con
Las dos inglesas y el amor, película –me gusta saberlo- que consideraba su favorita.