martes, mayo 31, 2005

La grandeur del soldado Chauvin

Francia vive un paroxismo político que todos los analistas han aderezado con toda suerte de adjetivos. Ah, los tiempos en que la abeja napoleónica picaba con furia rabelasiana. Ah, de la Francia que soñó Albert Camus. ¿Arde París? No, arderá la Biblioteca Nacional cuando el censurado purito de Jean-Paul Sastre queme los últimos legajos de esa Francia ensimismada que, tras organizar una gran fiesta, exige a sus invitados que se marchen a casa. Ahí lo tienen al soldado Nicolas Chauvin, tocada la cabeza con su balbec primer Imperio, mientras apunta al odiado y taquillero yanqui con su tembloroso fusil de avant carga.

Francia, “una pasión inútil”.

Hipo

Así se llama el grupo de mi amigo Emiliano Fernández, tímido cantautor extremeño que se ha lanzando a la aventura de componer, interpretar y autoeditarse un primer EP, Lo imposible, en unos tiempos en los que los músicos sólo piensan en cómo combatir la, según ellos, lacra de la piratería. Lo acompañan Joaquín Pagador, al bajo, y Noemí Castillo, a los teclados, componiendo un trío al que no auguro ventas millonarias, aunque sí la satisfacción por un trabajo bien inspirado, amén de una juanramoniana e inmensa minoría que disfrutará con estas cuatro canciones que exploran las tortuosas veredas por las que nos perdemos cuando fallece un ser querido. Poco pagado de sí mismo, Emiliano no tiene empacho en reconocer influencias y en admirar incondicionalmente a grupos como Migala, Los Planetas o Sr. Chinarro, que se ganan muy bien la vida fatigando las carreteras de una España que, entretanto, se pirra por las gazmoñerías de la radio fórmula. Aquí me tienen, por sí les interesa hacerse con una copia, perfectamente ilegal, de este muchacho de singular fortuna.

El chico más listo del mundo

¿Puede un cómic competir en igualdad con sus rivales literarios? Mejor dicho: ¿Puede despertar el interés de aquellos que nunca leerán un cómic? La respuesta es sí. Echen si no un vistazo a la obra del estadounidense Chris Ware (Nebraska, 1967) que Planeta DeAgostini editó en un único tomo recopilatorio el pasado año. Aquellos que habitualmente no frecuenten el género descubrirán que Jimmy Corrigan, el chico más listo del mundo constituye una de las grandes piezas narrativas de los últimos años. Triste, difícil, aunque no imposible travesía psicológica por varias generaciones de individuos de una misma familia, Jimmy Corrigan culmina con un sobrecogedor flashback donde resuenan –vayan tomando nota- las puras, melodiosas y enajenadas notas de la gran novela americana, las corruptas genealogías de Zola, el cine de Todd Solonzd y ese inconfundible aroma que despiden las obras condenadas al clasicismo, entre otras ocurrencias del que escribe estas líneas.

Novela gráfica sobre el proceso de descomposición del individuo, pesadilla existencial con ribetes naturalistas, Jimmy Corrigan se muestra a los asombrados ojos del lector con una factura pulcrísima, exquisita, queda, que logra transmitir el asombro por un universo visual jamás visto con anterioridad en un cómic. Sólo el maestro Will Eisner, fallecido –ay- recientemente, podría enfrentarse con la inexpugnable estructura secuencial que ha levantado este artista al que, quizá exageradamente, ya han comparado con Orson Welles y James Joyce.

lunes, mayo 30, 2005

Buffalo, exterior día

El dandi sale de la cárcel. Por la vaharadas de vapor que salen de su boca, sabemos que hace un frío humedo, despiadado. El paisaje es una mancha gris sobre un fondo blanco, como en un cuadro de Malévich. Sus andares, una mezcla de indecisión y desaliento, se dirigen a un banco. Espera el autobús que no vendrá a recogerle. Se tumba en posición fetal. Pero algo falta en la escena. Podría ser la Pietà sin Miguel Ángel, sin la virgen ni Cristo que lo componga. Demasiada gélida esta escena, incluso para Hopper, cuyo espíritu respiramos en los interiores de esta cinta que Vincent Gallo dirigió en algún momento de 1998.

Hay películas que en un primer vistazo nunca acaban de gustarme. Esta que vuelvo a ver este fin de semana no me gustó entonces. La encontré desaliñada. El tiempo siempre nos ayuda a comprender y, en contra de lo que suele suceder, mejorar aquello que hemos recordado con desconfianza. Puestos a exagerar –el cinéfilo exagera por naturaleza-, diré que esta es una de las mejores historias de amor de los noventa, una década que, por otra parte, no nos ha deparado grandes historias de amor, aunque pueda recordar alguna: la de Anthony Hopkins y Debra Winger en Tierras de Penumbra, inspirada en ese interminable epitafio, Una pena en observación (Anagrama), que el poeta C. S. Lewis dedicó a su amada Joy Gresham.

Buffalo 66 es una película llena de silencios. Billy, el protagonista, es un auténtico desgraciado que ha pasado cinco años en la cárcel por una apuesta que no pudo cubrir. Su horizonte no es nada halagüeño y así se nos manifiesta al comenzar la película. Lo primero que quiere hace Billy al salir de la cárcel es mear, pero todo conspira en su contra. Billy, qué remedio, sólo puede encontrar alivio en una academia de baile, donde encontrará a Layla (Cristina Ricci), una suerte de Shirley Temple maquillada con habilidad egipcia y musical. Todo ocurre por casualidad, como en los mejores episodios de la vida. Todo ocurre en la anémica Buffalo, horizonte de autovías, moteles y dinners solitarios.

Hay muchas películas llenas de silencio (Le samurai, de Melville; El Verano de Kikujiro, de Kitano, etc.), pero en muy pocas el silencio se muestra a través de la interminable, contradictoria y en ocasiones violenta logorrea del protagonista, cuyas palabras acaparan la mayoría de las líneas de diálogo. Billy habla para no tener que explicarse y silenciar así un pasado desastroso. Billy habla para que los demás no le hablen y no tener que soportar sus reproches. Billy calza botines rojos y “es el chico más guapo y más dulce del mundo”.

Para variar, la sección de cultura de El Mundo publica algo interesante. Hoy destaca a doble página la noticia de la traducción de Truffaut o el párpado de un genio, la más completa biografía de ese aspirante a delincuente que André Bazin salvó del reformatorio. Y es que, de todos los directores de la Nueva Ola, yo me quedo con el auteur de Los Cuatrocientos Golpes. Será porque sus películas, mínimas, en ocasiones irregulares, nunca me han parecido pedantes. Todo lo contrario de Godard, insoportable cineasta del que sólo salvaría alguna de sus primeras obras. El resto me parece filmado con la intención de provocar el bostezo. Vean si no la ininteligible versión de El rey Lear que realizó en los noventa, elegantísima e independentísima forma del aburrimiento. Godard podría hacer suyas las palabras de Albert Boadella: “Voy a leer a Kafka y kafkáfmela”.

Truffaut juega con la ventaja de la humanidad y eso, como diría John Rambo, no es como escupir en la calle. Truffaut, que murió joven, como todos los genios, filma otra gran historia de romance con Las dos inglesas y el amor, película –me gusta saberlo- que consideraba su favorita.

sábado, mayo 28, 2005

Un fogonazo

“Aunque no vuelva la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en la flor, no lloraremos sino que trataremos de atarnos a aquello que nos queda: la belleza en el recuerdo”. Recuerdo los versos de Walt Whitman en esta mañana estrepitosa y alcanzo un pequeño éxtasis en medio del fárrago del trabajo. Qué pena, me digo, el final de Esplendor en la hierba.

viernes, mayo 27, 2005

Aquellos horteras con sus nuevos ropajes

La elegancia, afirma Carlos Pujol, siempre es antigua. La elegancia se tiene o no se tiene o, en el mejor de los casos, podemos advertirla, nunca nos es mostrada directamente. En el vestirse, mostrarse en exceso confirma nuestra desnudez esencial. Por eso sorprende la apariencia de algunos pisaverdes vestidos a la última. Acaparan todas las estridencias posibles para demostrarnos, precisamente, que nosotros no somos elegantes. Si visten de estreno, peor, porque nos confirman sus vanas preocupaciones: esa arruga insoportable en el pantalón que en vano tratan de rectificar, la mancha que afea el empeine de unos zapatos descarados, la amistosa pelusa que se aposenta en la manga de la camisa. Así van construyéndose una elegancia torpe y arrogante que los convence de su superioridad metafísica.
El otro día, claro domingo de primavera, se paseaba por la calle con la airosa cadencia de un macarra. Americana blanca, camisa negra, tejanos ajustados, zapatos blancos de punta…Un caso. Su anatomía, muy similar a la de los grandes simios africanos, mostraba todas sus limitaciones: cogote nervioso, manos brutales, piernas zambas que parecían avanzar a toque de corneta. Iba de estreno.

Los dandis ingleses jamás estrenaban un traje.

Addenda: En su origen, la España de los años cuarenta, el hortera era el empleado de los grandes almacenes. Con el tiempo el término degeneró y hoy lo empleamos con el sentido que todos conocemos. Sería interesante saber el porqué de esta mutación. Creo que lo explica Ramoncín en su Tocho Cheli, biblia del argot canalla que Umbral nunca ha dejado de ponderar. El Rey del Pollo Frito siempre me ha caído mal, así que no fatigaré mi biblioteca en busca de la definición precisa.