martes, junio 28, 2005

Los pijos en Ibiza (II)

Las pijas parecen recién venidas al mundo, tal es su prístina apariencia. Las pijas tienen cuerpecitos insustanciales, blandos, apenas jaleados. Una que se llama Alicia y que se cree muy guapa –y lo es-, rabia que te rabia porque no le hago caso. Estas chicas, reflexiono, necesitan que les presten atención. Yo finjo que me interesan sus vidas, sus viajes a Gstaad, sus amores municipales. Cuando me miran, tengo la sensación de que examinan hasta el último poro de mi piel, buscando no sé que de raro en mis trazas, en mis palabras neutras. Me siento feo a su lado, yo, que de niño me alimenté con blevitt cinco cereales.

Los pijos revolotean alrededor de las pijas como pichones amaestrados. Doy con un ejemplar verdaderamente notable. Es de esa rara subespecie de pijos que simula tener esa extraordinaria disposición de la gente de mundo. Afirma ser fotógrafo, y esa es su perdición. Por la pinta podría parecerlo: bien parecido, melenita, huesudo y ese aire de elegancia despreocupada que tan bien les cae a los fotógrafos que salen en las películas. Por lo demás, bastaron dos, tres preguntas para hacerme una idea de la clase de fotógrafo que decía ser.

Un fotógrafo gallardo y postinero.

Claro que los pijos tienen trabajos importantísimos. Si trabajan en un banco, te dirán que se dedican a operar con capitales extranjeros, fondos y opciones. Son carismáticos como sólo puede serlo un cortesano y siempre quieren impresionarte con alguna anécdota ingenua, cargada de esa rancia emotividad que ponen siempre a sus cosas. Los más eran pijos que viven con sus padres en La Moraleja, de esos que van al club de golf y no se pueden creer que vivas con cuatro perras en Lavapiés. A los traidores de clase, a los que una vez vivimos en el barrio Salamanca, pero hemos desertado para engrosar las filas del lumpen proletariat, se nos tiene poco menos que por fracasados. Aunque no faltaba el pijo de Lagasca, muy repeinadito, que estila zapatos con borla (marca Sebago, y que se note bien) para trotar con su bien encerado barbour por los garitos de la Castellana. Estos últimos los tengo muy conocidos y los adoro.

Lo que a uno le revienta (y uno tarda en reventar) es esa dicha en la mirada, ese brillo entre aburrido y feliz que los señala como criaturas exquisitamente mundanas.

Autismo

“Casi todos los hombres no mueren más que en el último momento; hay algunos, en cambio, que comienzan a debatirse frente a la muerte con veinte años de anticipación, y a veces más. Estos son los desgraciados de la tierra”.

Releyendo a Céline en Ibiza, tumbado en la cama de mi cuarto, este fragmento parece una exageración, porque no parece que nadie vaya a morirse en esta isla. Suave es la noche aquí. Alzo la mirada del libro, las risas me alertan. Son las pijas con sus pareos volviendo de la playa de Las Salinas. De pronto, me encuentro ridículo. Aquí estoy, leyendo Viaje al fin de la noche mientras hay un mundo ahí fuera, lleno de risas, de cuerpos. Y yo sigo aquí, ridículo pasmarote, fija la atención sobre un libro deprimente.

Qué extraño todo. Hacía tiempo que no me cercaba la soledad. Típico de mí sentirme así en los rincones felices del mundo.

Ibiza no se parece a mí.

lunes, junio 27, 2005

Los pijos en Ibiza (I)

Regreso de Ibiza, de Eivissa, con la sensación de haberme perdido muchas cosas. Me prometían una estancia dionisíaca y me encuentro con todas las amigas de mis primos, señoritas de atención disipada, gatitas sin pedigrí a las que he observado con escandalizado asombro. Yo, que no soy ni muchos menos un moralista, me debo a las circunstancias y explicar cómo han sido estos cinco días.

Mal comienzo: me dejo las gafas de sol, me dejo el bañador, me dejo el jodido traje de ojo de perdiz con el que pensaba asistir a la boda de mi primo T. Es decir, me olvido de los propósitos de un viaje que ahora se me antoja fútil, irritante. No digo que no lo haya pasado bien. Me refiero a que no he podido compartir con nadie mi descubrimiento de la isla, mi redescubrimiento de la estupidez humana en todos sus aspectos.

Ya se sabe que a las pijas no hay nada que más les guste que un chaval educado en la más exquisita fatuidad. Hablo de esa especie de pijas que se refieren a sus amigos con nombres y apellidos. “¿Has visto a Carlitos Oriol?”, pregunta una, calzados sus ternísimos pies con sandalias enjoyadas. “Ay, pues no, hija, creo está en esa cala tan mona de San Rafael”, responde la otra. Y este diálogo, que podría parecer escrito por Alfonso Ussía, se repite durante los cinco días que dura mi estancia. Las pijas se repiten mucho y he ahí la gracia de sentirte pijo, porque a los pijos les cuesta muchísimo escuchar a los demás. Hablo de los pijos que tienen novias que no trabajan (el dios católico las libre), los pijos que presumen de viajes, los pijos que sonríen por todo, porque la gravedad se sanciona con el ostracismo social.

El principio de incertidumbre de Heisenberg puede aplicarse a la antropología del pijo. Es decir, no podemos estudiar aquello que estamos observando porque al hacerlo estamos manipulando la realidad. Pero yo les juro, lectores dilectos, que he hecho lo posible por no entrometerme entre la realidad y los pijos, los pijos y la realidad. He permanecido calladito y he tomado buena nota de todo lo que les ha acontecido. Conclusión: mola ser pijo, te lo juro de verdad.

Ser pijo es muy divertido, aunque no tanto como dispararles a bocajarro con un Magnum 45 Especial. Según Harry el Sucio, con este revolver y a una distancia de cinco metros, la cabeza de un pijo se convierte en una pulpa gelatinosa muy difícil de limpiar. Lo siento por la que ha sido mi patrona, Pepita Escandell, que regenta un modesto hostalito en la playa de Las Salinas, cerca de San Jorge. Allí he vivido tenebrosos momentos de angustia metafísica que sólo ha podido aliviar esta señora gorda y vivaz que me ha cuidado mejor que a Pocholo Martínez-Bordiú. Yo no estaba por ensuciarle los visillos a la pobre señora, por lo que tuve que aplacar mi furia berserk.

Pero no nos pongamos estupendos y dejemos, por el momento, que el pijo siga desarrollándose en su hábitat. Ibiza es un excelente lugar para observar sus evoluciones, sus graciosos ritos de apareamiento y sus geniaaales hallazgos de chucherías. Los pijos no son malos, ni tontos. Son ingenuos, lo cual les favorece cuando se pasan la mano por el pelo y ponen cara de circunstancia.

La circunstancia del pijo es extraña. A los desclasados como yo, no hay cosa que más les reviente que contemplar lo que una vez fuimos. Sí, lector dilecto, yo he sido un pijo Ralph Lauren en mis peores años, durante aquel bachillerato infame en el internado, pero me he curado de aquellas circunstancias que me llevaron a salir con la chica más pija de las pijas de Madrid. Ahora soy un renegado al que invitan a las bodas y al que miran con desconcierto, no vayan a creer. En un mundo ilusorio, los pijos serían elfos y yo el pútrido orco que los persigue.

viernes, junio 17, 2005

Vida de Tristán Montesinos (V)

Variación sobre un poema de Borges

Pienso en las cosas que pudieron ser y no fueron.
La colección de cromos de Dragones y Mazmorras.
La obra inconcebible que Stan Lee entrevió en América,
poco después de crear al veloz Submariner.
La historia sin tarde de Espinete y Don Pimpón.
La historia de un disfraz sin máscara.
La mujer sin ojos, que vivía quemándose en el baño.
Las lentas eyaculaciones de primavera,
soñándome unas titis estupendas.
Las amistad corrupta con aquella golfa
que a punto estuvo de perderme en mil tribulaciones.
Los golpes de fortuna que el azar restringía
en las torpes ocasiones en que hacía el ridículo.
El sí de Manolita frenta a las Teresianas.
Las Nike de Michael Jordan ciñiendo mis tobillos.
El poster reventón de Blondie.

martes, junio 14, 2005

Ubi sunt?

¿Qué será de nuestros enemigos? Aquellos que ya no se encuentran entre nosotros, vigías silenciosos de nuestras derrotas. Y esos otros, tenues de indiferencia, tan ajenos a nosotros como el último habitante del mundo. Los enemigos nos acechan porque nos conocen, pero son peores los que ya no saludan y un día nos conocieron.

Decía mi abuelo

Maldito el día de las alabanzas, decía mi abuelo. Maldito porque ya estaremos muertos.

Alabanzas: Jaime Campmany y Eugenio de Andrade.

Silencio postrero.

viernes, junio 10, 2005

La nueva cocina del patán

MOUSSAKA A LA ANTIGUA

Ingredientes para seis personas:

3-4 berenjenas con las pieles lustrosas y las carnes duras.
½ kilo de tomates no muy maduros.
1 cebolla, picada.
1 diente de ajo, también picado.
300 gramos de ternera picada ó carne de cordero picada a cuchillo.
250 gramos de queso fresco de cabra o vaca, aunque no desdeñaremos, si fuera posible conseguirlo, un auténtico feta de importación.
100-200 mililitros de leche, según cómo veamos la marcha de la cocción y el gusto del cocinero, claro.
4-5 huevos, aunque yo me decidiría siempre por cinco.
Sal, perejil, canela, aceite de oliva virgen, pimienta recién molida, azúcar, vinagre (de jerez sería estupendo) y agua. En cantidades juiciosas, por supuesto.

Preparación:

Lavar las berenjenas, secarlas con un paño y quitarles las hojas y el pedúnculo evitando arrancar la carne, tras lo cual se cortan a lo largo en dos mitades platónicamente exactas y se salpimentan con mano generosa, que no audaz. Colocar cada mitad en una sartén grande –o dos, si así se requiriera- con la parte plana hacia arriba. Antes habremos llenado medio vaso de agua en la que habremos disuelto una cucharada sopera de azúcar, otra de vinagre y dos o tres de buen aceite. Esta mixtura se verterá en la sartén, de modo que no moje jamás la carne blanca, sólo la violácea piel de la solanácea. Taparemos la sartén para que, manteniéndola a fuego medio, el líquido forme un fondo meloso. Así durante una media hora hasta que veamos que la carne está blanda como un reloj daliniano. Se reservan y, cuando esté templada, retiramos la carne con una cucharilla con cuidado de no estropear las pieles, que emplearemos más tarde para otros menesteres. Lo mismo decimos del acaramelado jugo, que esperará su turno.

Mientras se hacen las berenjenas y si la capacidad multitarea del chef se lo permite, sé sofreirá en una cazuela o sartén la cebolla y el ajo, hasta que sé pochen ligeramente. Luego se echará la carne salpimentada y un poco de canela. Subir el fuego al máximo y revolver con ahínco hasta que se dore el conjunto pero sin hacerse demasiado. En el mejor de los mundos posibles, la carne debería comerse cruda, pero fíate del ganadero que vende vaca vieja como ternera de Ávila. A pesar de todo, en un mundo imperfecto como el nuestro, quemar la carne sería peor, porque liberaríamos esos peligrosos pirobenzenos con los que tratan de asustarnos los apóstoles de nuestra actual farmacocracia.

La carne debe quedar al punto, que es como se suele decir en los garitos de buen tono. Añadir un poco de perejil picado y reservar.

Cortar el queso en trozos no muy grandes. En brunoise, para entendernos. ¿Que no me entiende? En cuadraditos de 1x1 centímetros. Estos trocitos los batiremos en la leche enérgicamente con unas varillas hasta que espese la mezcla, pero sin ponernos estupendos: no conseguiremos que nos quede una crema homogénea y he ahí, pese a todo, la gracia de este plato que agradaría al buen Licurgo, legislador de los valerosos espartíatas y aquellos honorables Trescientos que cayeron en las Termópilas. Salpimentar si es necesario.

Entretanto, habremos lavado y cortado en rodajas los tomates, para después sofreírlos, salados previamente, por las dos caras, a fuego vivo pero sin que pierdan su forma. Reservar.

¿Qué esta pasando aquí? ¿Dónde demonios estamos? ¿Es tan laboriosa la ciencia de la moussaka? ¿Por qué Pitágoras prohibía comer habas? Aunque no es tan improbable como la cuadratura del círculo, la moussaka es un plato que gusta de darse importancia y asombrar así a los más crédulos. No se engañen, es un plato facilón al que le gusta andarse por las ramas. Bájenlo del pino piñorero y verán que no se le resiste a esa persona que presume de alimentarse de bolsas de patatas fritas y alitas de pollo congeladas. Sí, esos gañanes malhumorados que deambulan con sus miserables estómagos por los abismos de la necedad y el malcomer. Hasta esos pueden hacer esta democrática moussaka. Olvídense de esos ridículos aparatos del teletienda y pónganse a trabajar. ¡Ya!

Seriedad, un poco de seriedad.

En una fuente de horno de paredes altas (un molde de suflé no estaría mal) o cualquiera cuadrado de pírex ligeramente aceitado, colocaremos una capa de pieles y encima un poco de la carne de la berenjena. Después otra capa de carne, seguida de una de tomates, el resto de la carne de las berenjenas... y así ad infinitum, como en la paradójica carrera de Aquiles y la Tortuga. Como el infinito tarde o temprano se acaba, cubriremos el conjunto con el resto de pieles. Antes habremos batido los huevos con el batido de leche y queso, que verteremos, esta vez sí, por encima de nuestro pequeño partenón. No estaría de más pincharlo con un tenedor para que la mixtura penetre por todas partes. Sólo queda meterlo en el horno a 170º hasta que, literalmente, cuaje. Sírvese caliente o frío, honrando siempre a los dioses con las preceptivas libaciones de un crianza joven y ese buen humor que debe tener todo buen anfitrión.

jueves, junio 09, 2005

Vida de Tristán Montesinos (IV)

Donde se explica la extraña conducta de su progenitor

Hoy parece que mi padre se encuentra en La fiera de mi niña. Lo sé porque lleva puesto un camisón y corre de un lado al otro de la casa buscando al señor Peabody. Mi amigo Jaime asegura que en las películas de los años cuarenta siempre hay un señor o una señora Peabody, así que es posible que mi padre se encuentre en cualquier otra película de Cary Grant, aunque estoy casi seguro de que no me he equivocado, pese a que mi padre nunca le ha gustado la paleontología.

Hay días mejores y peores. Los peores son los días en que se mete en películas como Con la muerte en los talones o Destino Tokio, una de sus favoritas. Entonces asalta el cuarto de baño de la filipina y empieza a abrir y cerrar grifos, mientras grita: ¡Lancen cargas de profundidad! ¡Avante toda! ¡Carguen torpedos! ¡Arriba periscopio! Son días en que le da la vena aventurera.

Ya he asumido que a mi padre se le van los días de película en película. La semana pasada se subió a la azotea de la Torre Picasso porque había quedado con Debora Kerr. A mí nunca me ha gustado esa pellejuda y mucho menos la voz de la señora que la dobla en Tú y yo. Lógicamente, por allí sólo aparecieron los seguratas. Mi padre, que se ha visto mil veces las películas de Cary Grant, no ha perdido su inteligencia y prefiere aparecer en las películas de Leo McCarey y Howard Hawks.

Estoy tan acostumbrado a su delirante conducta que ya soy capaz de adivinar en que película se encuentra. Si, por ejemplo, un redactor jefe del ABC llama a casa preguntando por Florencio Montesinos, ya sé que mi padre es el Cary Grant de Luna nueva. Si Angelines, la portera, es la que llama asegurando que mi padre le ha ofrecido un vaso de leche, tate, se trata del ambiguo Cary Grant de Sospecha. Son días en que mi padre es elegante y encantador y todos podemos reírnos de esta extraña locura suya.

El psiquiatra que lleva su caso está fascinado. “Hay gente que se cree Napoleón”, me dice, “gente que afirma ser la decimonovena reencarnación del magó santón del Payatú. Gente incluso que afirma ser M. A. Barracus. Sin embargo”, concluye, “en los años que llevo practicando la psiquiatría nunca me he encontrado un caso como el suyo. Su padre no cree ser Cary Grant. Su padre”, enfatiza, “cree que es todos los personajes que interpretó Cary Grant. Mírelo por el lado bueno. Ha tenido buen gusto. Es un gran actor. Imagínese que su padre se cree que es el tarugo ese de la coleta. ¿Cómo se llama? Sí, hombre, sí, el tarugo ese que te hace así y te parte un brazo. El de la coleta…”

¿Steven Seagal?

“Ese”.

Cosas que quise poseer (y me podrían regalar)

Una brújula de latón, un mapa de Abraham Ortelius, un kukri, un viejo ordenador Spectrum ZX, el taparrabos de Tarzán, un catalejo, un parche para el ojo, un dibujo original de Milton Caniff, una pulga amaestrada, un teléfono de baquelita, un sextante, una espada ropera, la máquina original del Space Invaders, el número uno de la Patrulla X, un tirachinas, la colección del Libro Gordo de Petete, el Manual de los Jóvenes Castores, una silla eléctrica para parapléjicos, un anillo con compartimento secreto, una máquina del millón, un laberinto, una Hasselblad, un borsalino, una chaise longue, un reloj de bolsillo, el escudo del Capitán América, un xilófono, una clepsidra, un reloj de arena, un reloj de sol, un portamonedas –como el de los taxistas- y la pastelería de Play Doh…

Memoria muscular

Lo peor no es que Julián haya perdido peso, sino que no pueda ganar más masa muscular. Una pena, porque su entrenador le dijo la primavera pasada que podría competir en los campeonatos regionales. El entrenador, ex campeón de Brasil, le aconsejó que se centrara en la parte superior del tórax y olvidara las piernas. “Tus cuádriceps”, le dijo, “tus cuádriceps nunca destacarán. Así que no pierdas el tiempo. Céntrate en la parte superior”. A pesar de tan sabio consejo, Julián dedicaba hora y media todos los días a robustecer la parte más débil de su anatomía para equilibrar una figura descomunal.

Alguien le sugirió en los vestuarios que tal vez debería tomar Winstrol, ya que de esa forma y entrenando duro, muy duro, podría superar el límite de los ciento diez kilos. Pero antes necesitaría reducir el porcentaje de grasa corporal hasta un siete por ciento. Así podría estar preparado para la competición, cuando, una semana antes, tuviera que aumentar su ingesta de carbohidratos y bajar hasta el cinco por ciento. Esto no era fácil, a pesar de la dieta espartana que siguió durante un año: cinco boles al día de arroz hervido con pollo desgrasado y gajos de naranja. A pesar de todo, su cuerpo estaba lejos de rozar la perfección.

Ahora, delante del espejo, comprueba la baja densidad de sus abultados deltoides, los tríceps descolgados y asimétricos respecto de sus orgullosos bíceps, que han sido desde que empezó a entrenar motivo de obstinada atención. Sus piernas, no obstante, parecen haber aumentado de volumen. Lo interpreta como una irónica llamada de atención de su propio cuerpo, antaño motivo de burla de sus compañeros de colegio.

Desde que tuvo el accidente, no ha tenido tiempo de entrenarse y ya han aparecido las primeras estrías. Le preocupa su pérdida de peso y fibra muscular. Sufre cuando contempla una caja torácica que ya empieza a presentar los primeros síntomas de flaccidez, tal y como advierte delante de un espejo que le devuelve la insoportable imagen de unos pectorales muy poco definidos. Qué horror, se dice, qué horror. Y encima no para de perder peso. Noventa y dos kilos marcaba ayer la báscula, nada menos. El peso de un alfeñique.

Quizá por eso no le vendría mal tomar un par de pastillas de Winstrol al día, aunque cualquiera sabe. Podría sucederle como al pobre Peláez después de competir en los nacionales. Qué bueno era Peláez, qué bueno y qué pena lo de su cáncer de testículos. Después de la inevitable castración, a Peláez le han crecido las tetas y se ha puesto gordo como un eunuco. Una pena también lo de este chico, con los dorsales tan formidables que desplegaba en el gimnasio.

No es fácil recuperar el tiempo perdido. Ha descubierto con asombro que carece de memoria muscular. Su cuerpo no recuerda ya la gloria de unos tiempos en que hacía posturas grecorromanas delante del espejo y congestionaba el músculo hasta ese punto en que las venas se tensan como la cuerda de un arco. De poco sirven ya los combinados de proteína, albúmina y aminoácidos. Quizá para los que empiezan, pero a él ya no le sirven. Y está muy preocupado. Él, que siempre ha sido fan de Lou Ferrigno.

miércoles, junio 08, 2005

Vida de Tristán Montesinos (III)

Cuando el zagal relata sus tiempos de reclusión en hórrido internado

Aquí, en el internado, hay gente que lo tiene peor que yo. A Santaella lo llaman Caracráter porque tiene la cara hecha un pena, con granos abultadísimos de las más variadas tonalidades. El otro día andaba rascándose y, sin querer, se le estalló uno. Fue terrible cuando un chorro de sangre negruzca salió disparado hacia la camisa de Bárbara, una de las guapas oficiales, que se puso a gritar del asco que le daba. La escena fue cruel, todos ahí riéndose de Santaella, de la Santa Paella, como también le llaman. A este paso pienso que el pobre acabará suicidándose en las duchas del pabellón. Un día fijo que lo encuentran ahorcado con la corbata. Pero fijo. Hay mucho cretino que se lo pasa de miedo jodiendo al personal.

El caso es que yo también tengo granos.

Mi abuela dice que no me preocupe. No sé si fiarme. Asegura que si me lavo todas las noches con una pastilla de jabón azufroso los granos desaparecerán. No sé si fiarme. Ahí la tengo, en el neceser, esperando refrotarse contra mi acné. Yo pienso que esta situación es pasajera y acabará por desaparecer. Además, pienso que hay chicas majetonas a las que no le importa una cara como la mía, aunque de momento no he tenido mucha suerte. Tengo amigas, pero siempre se las ingenian para hacerme saber que soy un buen amigo, un tío legal, aunque luego se enrollen con tipos imbéciles mucho menos legales que yo. No sé que pensar de todo eso. Quizá vaya mejorando con la edad y me convierta en un chico un poco más atractivo. Al menos no estoy gordo y mi expresión no es del todo estúpida. Ya digo que tengo una cara un poco seria, pero nada más. Creo que lo importante es trabajar la personalidad y convertirme en un tío interesante.

El internado suele gustarle a los padres cuando lo visitan. Pueden comprobar que sus queridos vástagos viven en el mejor de los lugares posibles. Cuando ven las canchas de tenis o la pista de atletismo piensan que, además de estudiar, van a convertirse en grandes deportistas. Todo parece muy limpio, muy en su orden, sensacional. El primer día el novato también queda impresionado por la cantidad de chorradas que, ingenuamente, piensa que va a disfrutar. A los pocos días se da cuenta que le han engañado: no existe ninguna cuadra con caballos y las clases de esgrima que tanto le llamaban la atención son actividades imaginarias. A principio de curso siempre hay algún D´Artagnan que anda preguntando dónde puede apuntarse para lo de la esgrima. A ese siempre se le enviamos al despacho del prefecto, quien suele explicarle que se ha confundido. Y si, por alguna razón, el chico menciona que lo ha leído en la publicidad del periódico o en los folletos que envían en verano a las familias, le dirá que se trata de un error de impresión. Todos los años siempre hay errores de este tipo, todos los años hay algún imbécil que se lo cuenta a sus padres. Pronto empiezas a desengañarte y a pensar que todo es un timo. Al mes siguiente, tras la primera evaluación académica, uno también se da cuenta de que está rodeado de tipos de la peor calaña.

¿Por qué estoy aquí? Esa pregunta me la he hecho millones de veces, todos los días desde el primer día que entré. A veces pienso que dejé que lo hicieran. Otras, cuando apagan la luz y no puedo dormir, que a mi familia no le quedaba otra, que la había cagado y ya era tarde para montar el numerito. En realidad, no importa mucho dónde esté. No soy el principal problema para mi familia. No ahora. Las cosas andan un poco liadas y, aunque no sé bien que va a pasar, tengo la impresión de que la cosa es bastante fuerte. A veces intento hacerme a la idea que voy a pasar aquí el resto del bachillerato. Si no consigo deprimirme, es porque todo esto me parece nuevo y, por el momento, las cosas no me van del todo mal.

Aún recuerdo la primera noche en el internando porque estuve a punto de ponerme a llorar en mi litera. Yo ocupaba la cama de abajo y, mientras pensaba en los desconocidos con los que compartía habitación, me hundía solitario en el colchón. Hasta entonces nunca me había sentido tan abandonado, tan lejos de todo lo que hasta entonces había conocido. Abría los ojos, pero la oscuridad lo cubría todo. Sólo si miraba a la puerta abierta podía alcanzar un poco de claridad. Pronto supe que nos vigilaban, que por las noches recorrían la enorme galería hasta que todos nos dormíamos. Lo hacían silenciosamente, de una forma que me recordaba a los asesinos enmascarados de las películas de terror. No sé cómo explicarlo, pero noté que hacían con gusto aquel trabajo de carceleros. Entretanto, me preguntaba por qué estaba allí y quién era el individuo que tenía arriba y por qué no paraba de menearse rítmicamente, aunque poco después lo supe y se me quitaron las ganas de llorar y me quedé dormido.

Razones de mis amigos

Mi amigo R. siempre parece atribulado. Ayer apareció en mi casa a media tarde con su maletín y un par de litros de cerveza. Se sentó en el sofá, resopló, como si hubiese resuelto todos los problemas del mundo, y comenzó una de sus disquisiciones, siempre interesantes, siempre irresolubles. Qué tipo este R., que parece cargar sobre sus hombros el peso de una conciencia solitaria, como los Lamed Wufnik de los que hablaba Borges en El libro de los seres imaginarios.

Grandes chicos malos

Macbeth, Shylock, Uriah Heep...

Los infantes de Carrión, Don Juan, Pascual Duarte...

Lex Luthor, Doctor Muerte, Magneto...

Darth Vader, Mabuse, Goldfinger...

martes, junio 07, 2005

Je me souviens

Recuerdo las largas tardes del colegio, las ociosas horas en que abríamos el libro de lectura y, por turno, leíamos A un olmo viejo, un cuento de los hermanos Grimm o una fábula de Samaniego. Todos callados, entre chirridos de sillas y crujidos de madera, íbamos cumpliendo por riguroso orden la lectura de un fragmento de texto, unos con más fortuna que otros, mejor dicción o fraseo más armonioso. A mí siempre me tocaba después de un tal Juanjo López, aplicado muchacho del que recuerdo su torpe forma de correr, con las puntas de los pies hacia fuera, como un Charlot escolar y sin gracia. Su forma de leer era perfecta y monótona; no había errores de pronunciación pero su forma de narrar era demasiado uniforme, sin sobresaltos ni apenas quiebros dramáticos. La mía, temblorosa por la vergüenza que me producía alzar la voz en público, poseía una tonalidad épica que no siempre era acertada, pero era solemne para ciertos pasajes del relato. Podía comerme una ese o pronunciar en masculino una palabra en femenino, pero jamás caía preso de ese estilo de dicción seco y desapasionado. Ya no leo en voz alta. Como San Ambrosio, dejo que las palabras se callen en mis ojos.

lunes, junio 06, 2005

Apuntes ceutíes

Ceuta es un puerto franco. Todo el centro de la ciudad y parte de sus barriadas son una interminable sucesión de tiendas de aparatos electrónicos, bebidas alcohólicas, paraguas, relojes, porcelanas, artesanía marroquí. Quincalla. Hay zonas interesantes, para el gusto del turista medio, y hay construcciones deplorables que superan el kitsch, como un interminable complejo de piscinas edificado en cemento que imita las armoniosas construcciones que veríamos después en Marrakech. El constructor es un célebre mafioso, ex alcalde marbellí, que lo ha dispuesto todo para que aquello parezca Varadero: profusión de palmeras, camareras en biquini, música del peor gusto que impiden, desde el paseo, la contemplación del mar. La cosa tiene delito, porque Ceuta no se resigna a ser fea.

Ceuta no es fea, pero no quiere perder de vista la península, a la que mira, a pesar de todo, como una vieja envidiosa. Edificios recientes, presuntuosamente modernos, tratan de que esto pueda ser posible. A veces, casi lo parece. Si no levantas la mirada de la planta baja de los edificios, podrías creer que estás en Valencia o en Alicante, pero en seguida la sensación desaparece si te fijas en los detalles: un cartel en árabe, un dependiente de tez olivácea, las voces gangrenadas de un par de marroquíes, que son mayoría aquí. Ceuta, en contra de lo que uno podría imaginar, tiene unos edificios modernistas bastante notables y un mercado, en pleno centro, que me tuvo fascinado durante toda una mañana. Allí empecé a acostumbrarme a la mugre del país y degusté las mejores aceitunas en adobo que he probado en mi vida.

No lejos de este lugar, junto a una fuente, visité a los viejos cambistas, según me recomendó la recepcionista de nuestro albergue, asegurándome que así el trueque sería más ventajoso. Lo hable con mi manceba y ella, siempre previsora, me recomendó que primero fuera a comparar a un banco. La cosa estaba así: un euro, diez dirhams. Al final decidí canjear trescientos euros en la calle. Fui solo, y no me acerqué ni a veinte pasos de la fuente en la que se reunían cuando uno de los más viejos me salió al encuentro. «¿Cambio, quiere? ¿Cambio, quiere?». Asentí con la cabeza, y él me llevó a un rincón, pero a la vista de los transeúntes, para que el trapicheo me pareciera legal. Rápidamente, metí el dinero en el bolsillo y me escabullí, vagamente culpable. Al rato, pensé en la posibilidad de que me hubieran timado. En realidad, primero lo pensé y, de inmediato, ya lo estaba creyendo. En cuanto pude me metí en los lavabos de un bar y comprobé el fajo de billetes fláccidos que me había entregado aquel anciano tahúr. Nada, todo estaba bien. Ya podía relajar el esfínter.

Hasta entonces, mientras avanzábamos por las calles de la ciudad colonial, nos habíamos cruzado con moros de diversos pelajes. Entre todos ellos me habían llamado la atención algunos de edad madura y aspecto señorial, vestidos con chilabas y camisas impolutas, siempre blancas. Detenidos en una esquina o un portal carcomido, departían con aplomo y esa falta de apresuramiento que los distingue como gente que han tomado las riendas de su vida. En modo alguno se los veía disminuidos o apocados al paso de los europeos. He podido fijarme que muchos de ellos llevaban reloj de oro y que ellos mismos miraban con altivez a los otros. Los otros, para un europeo, son los desarrapados, los que no tienen dientes, los que pasan el día con ese sofocante relajamiento del que no tiene nada mejor que hacer. Muchos de ellos están en la plenitud de sus fuerzas, pero su ociosidad les ha convertido en seres torvos que te miran con minucioso rencor. Son tantos que determinan el paisaje urbano de todo Marruecos. Los propios magrebíes les han puesto nombre, los hittistes, «los que sostienen las paredes».

Las mujeres son otra cosa. No fue raro cruzarse con grupos de muchachas moras camino de sus faenas. Llevaban trajes largos de colores oscuros, la cabeza sin cubrir. Recuerdo a una de ellas, con airosa cabellera suelta, ropas granates, cabellos bruñidos y piel muy blanca. Reía ruidosamente y se movía con desenvoltura y desparpajo. Uno no esperaba mujeres así, tan descaradamente atractivas y ese palidez subrayada por el fulgor nocturno de unos ojos negros. No será la primera mora bonita con la que vamos a toparnos en este relato a vuelapluma.

De camino a la playa, atravesamos por la parte de la ciudad que no se puede considerar centro histórico ni tampoco arrabal desfavorecido. Es la parte de la ciudad en la que vive el común de sus gentes, siempre ninguneada por los viajeros que en cualquier ciudad sólo buscan el exotismo. Yo debo confesar mi predilección por estos lugares anodinos. Mirándola bien, no es muy diferente de algunas barriadas andaluzas proscritas al turismo. El tipo de personas que nos encontramos por aquí son ancianos, sobre todo mujeres o viudas de militares, vestidas dignamente y que parecen moverse con energía y prudencia. Gracias a la pensión, son aquí unas privilegiadas, pero se nota que han pasado demasiado tiempo en la colonia y carecen de los medios y la voluntad para vivir en la península.

Aparte de estas viudas, ¿qué españoles viven en Ceuta? Me refiero a los que son de procedencia, aunque peque de inexacto, porque muchos magrebíes son españoles de pasaporte. La guía también incurre en impropiedades, como la de llamar cristianos a los españoles peninsulares, como si viviésemos aún en la época del Califato de Córdoba. Es muy habitual este tipo de torpeza gramatical en los folletos que reparten en las oficinas de turismo. Gran parte de los cristianos que viven aquí son funcionarios que lamentan más o menos su suerte, aunque paguen la mitad de impuestos. Algunos, según me he informado, poseen apartamentos en la Costa del Sol, donde pasan los fines de semana. El resto, comerciantes y profesiones liberales que tratan de vivir como españoles, como muy bien nos recuerda la insistente propaganda institucional.

La playa de Ceuta no es generosa. Se extiende por la orilla opuesta del puerto, cruzando las avenidas a través de un ruinoso paseo marítimo que serpentea por la ladera de una colina. La ciudad tiene forma de ocho y en cada extremo se alza un promontorio. Así que no es difícil orientarse por sus calles. La arena no está muy limpia, por lo que decidimos instalarnos con nuestras toallas sobre el malecón de rocas, donde jugaban libremente una docena de niños magrebíes. Nos bañamos por turnos. El agua siempre me parece fría. Tardé diez minutos en sumergirme complemente. Ella es más valiente, lo hizo de cabeza. El horizonte es ancho, luminoso y azul. Como a todos los continentales, el mar nos fascina como una superstición. De cuando en cuando, busco en el agua la presencia de alguna medusa, que me aterran desde que, siendo niño, me picó una en la mejilla. Mi palidez es cegadora y no tardo en enrojecer a pesar de los atenciones de mi barragana. Por lo demás, sombrillas de alquiler, duchas y chiringuito, donde nos tomamos un par de cubatas.

En seguida fijé mi atención en un grupo de niños magrebíes que jugaban cerca de las duchas. Tenían entre siete y quince años. La mayor era una chica alta y atlética que andaba ocupada limpiando de arena a los más pequeños y sobreponiéndose a su rebeldía. Luego los secaba con una toalla, en lo que parecía una ceremonia en que se mezclaban higiene y juego. Risas y ahogos de cansancio que contrastan con la quietud de la tarde. Después de sus obligaciones, es ella misma la que se limpia bajo el chorro de la ducha. La escena dura demasiado para obedecer simplemente a propósitos de limpieza. Al rato, se le unió otra chica de su edad, aunque más baja. Se divertían salpicándose. Luego la chica se vuelve a empapar la cabeza y se retuerce su rizada melena una y otra vez. Después deja que el agua corra libremente por su espalda, por su vientre, por sus interminables muslos, restregándose voluptuosamente. Pese a su juventud, sus formas femeninas eran de una rotundidad tan poco frecuente que llamaría la atención del más casto de los ascetas. Llevaba un biquini audaz que contrastaba con la puerilidad de sus travesuras y jugueteos anteriores. Para la mentalidad occidental, que se imagina a la mujer musulmana envueltas en ropas que la ocultan, la visión de esta pantera adolescente resulta muy chocante.

Vida de Tristán Montesinos (II)

Donde se narran sus finezas de amante

Ella quería un adolescente nervudo, no demasiado listo, voluntarioso, un trozo de carne que devorar, pero sin rozar lo macarra, aunque en el fondo ella quisiera -comme il faut-, algo macarra. No tuve que mencionar ni libros ni probables películas francesas que, por otra parte, todavía no era capaz de apreciar. Simplemente tensé mi más que estimable musculatura y canalicé mis deseos, sin que se notara demasiado. Mi interpretación era muy buena, sobre todo cuando pasé a relatarle mis experiencias apócrifas como surfista y todo ese rollo de olas que van, olas que vienen, y yo cabalgando sobre la tabla, nena.

Era una criatura de segunda clase, un cuerpo sofocado por el exceso de hidratos de carbono. Entonces no me la imaginaba devorando bolsas de patatas fritas a la salida del colegio, pero cuando mi manó acarició su cintura -y no estaba gorda- su carne cedió hasta un punto prohibido, como si edad y juventud, tiempo y biología, se hubiesen peleado hace mucho tiempo. Me hubiese gustado examinarle mejor la boca y comprobar el número de muelas cariadas. Habría podido comprobar, estoy seguro, que era una consumidora habitual de bollería industrial. Por lo demás, su piel apestaba a colonia barata y maquillaje. Estaba perdida, sin duda.

Vana teoría

No olvidemos que el ajedrez es sólo un juego. Afirmar, como Bobby Fischer, que el tablero “lo es todo” supone una renuncia a la vida. El ajedrez es sólo una forma de representación lógica, un lenguaje que no expresa nada y, no obstante, comunica emociones. Éstas son abstractas y dúctiles, como “campos de fuerza” (George Steiner) que colaboran o se oponen. En su mayor sentido, en el ajedrez no existen ganadores. El fin último de juego es la estética.

El ajedrez es uno de los juegos más antiguos de la humanidad civilizada. Su mecánica infunde un vago temor sapiencial. Posee el aura de lo incognoscible y suele decirse que su desarrollo es ajeno al capricho del azar. Si esto es así, el ajedrez es algo más que un juego. Es el juego. Pero no nos llevemos a engaño. El ajedrez es sólo una distracción para mentes que no saben permanecer desocupadas. Un truco con el que, en vano, tratamos de acechar la realidad. Si el ajedrez representa algo es sólo para convencernos de que posee algo irrefutable. Quizá su propia expresión sea la emoción. No la de la victoria, que es sólo psicológica, sino aquella que trata de captar el oleaje de nuestro espíritu. Por lo tanto, tiene que ser un juego espiritual: el caballo no es una pieza, sino una dirección en el alma, la reina es una apasionada posibilidad y la torre, una sólida manera de afrontar un grave problema.

- Comentarios del célebre Doctor Hausman, Leipzig, 1988.

viernes, junio 03, 2005

Vida de Tristán Montesinos (I)

Donde se refieren los donosos apuros de nuestro héroe

Mis cinco grandes crisis vitales, aquellas por las que fui capaz de crear un nuevo orden cósmico, fueron provocadas por los siguientes acontecimientos:

1. El día de mi primera comunión, tras abrir un regalo que contenía unos patines blancos.
2. Una mañana de invierno en el colegio de los escolapios, cuando miré por la ventana.
3. Una trágica noche de verano en que La Peguitos me confesó con lástima que prefería al guapo de mi primo.
4. En la universidad, rodeado de amigos intrigantes, al darme cuenta de mi verdadera vocación: soplador de vidrio.
5. Hace una semana, cuando mi novia, cargada de maletas, me dijo que a pesar de todos nuestras errores, aprendería a olvidarme.

Tal vez hubo otras también dolorosas, más sutiles que pudieron vencer a aquel muchacho de regular fortuna que entonces, aunque no me diera cuenta, me caía tan bien. A pesar de todas las miserias y padecimientos típicos de mi lejano yo adolescente, me siento bastante orgulloso de lo que he sido. Incluso en los peores momentos de mi solitaria existencia como chaval-con-granos-que-juega-con-el-ordenador, agarré el timón de mi pobre personalidad y supe transformarme en un héroe para mí mismo. ¿Y qué me dices de ese ridículo suicidio de fogueo que escenificaste ante tus atónitos compañeros del internado? Eso te lo callas, más por vergüenza que por auténtico decoro literario. Cómo te dolió que fallara aquella burda pantomima, ideada para llamar la atención de esa chica que sabías nunca te haría caso. Pero ahí queda, por si no querías acordarte. ¿Y la vez que traicionaste a tu amigo Isaac? Tampoco puedes olvidarlo, aunque sólo tuvieras nueve años.

Siento no poder honrar como se merecen a la cantidad de veces que no debía estar donde estaba o en las que, por timidez, he dicho cosas imprudentes. Si por alguna razón las he pasado peores, ya no me acuerdo. Sólo me quedan estos cinco quebrantos, estos cinco dolores de muelas para escarnio de mi alma inevitablemente cariada. ¿Y lo que ya venía por añadidura? Aquello con lo que se nace, que se nos otorga desde no sé que altos poderes, el labio leporino que afea el rostro de una chica que pudo ser bonita o la espina bífida del pobre desgraciado que ve el mundo desde un carrito. Eso es con lo que siempre viviremos, azares testimonieros que nos muestran la verdadera materia de la que estamos construidos. Porque hace tiempo que aprendí que lo de mi padre no tenía remedio, que todo estaba preparado para el día en que mi madre, ya embarazada de quien esto escribe, se largó a vivir a Málaga con uno que se creía pintor. Y lo que vino después, según me han contado tantas veces, cuando mi padre lo perdió todo (casa, empresa, familia, amigos) y se presentó ante mi abuelo vestido con las auténticas, elegantes trazas de Cary Grant. ¿Qué le vamos a hacer, si ha perdido la chaveta?
Así que lo siento, papá, no importa la película en la que estés, te quiero, pero ya no puedo sufrirte más.

1. Los patines blancos son de chica (1982)

Yo era rubio y el mundo me ofrecía mis caprichos. Ya entonces vivía con mis abuelos en una tétrico piso con cochera de uno de esos barrios que tienen cierta fama, no por la gente que los habita sino por el lujo sobre el que se asientan. Esos barrios que hay en todas las ciudades del mundo y que todos señalan como morada de señoritos; o así lo creen ellos, que nunca los han vivido, sólo porque contemplan admirados unas horribles columnas jónicas en la fachada o un balcón de forja modernista. Esas mismas personas ignoran las ruindades que en esos lugares se perpetran y de qué forma se conducen por la vida. Cuando abrías la casa, recuerdo ahora con escalofrío, solía recibirte una señora menuda, moño reseco y ojos con profundidad de mazmorra que abría sus brazos para recibirte con un abrazo espectral. Era la tía Pilus y por su nombre la conoceréis.

La tía Pilus, allá Dios si ahora la tiene en compañía, era la guest star de mis horribles pesadillas. Los más frecuentes eran dos. En una aparecían los ojos inyectados en sangre de Christopher Lee; en la otra, el cuerpo derritiéndose de una mujer hermosa que se quemaba en no sé que película que ya olvidé y que he pasado años buscando para comprobar la profundidad de mis terrores infantiles. Cinéfilos amigos míos han tratado de identificar el título pero ha sido en vano. Lo único que me han dicho es que a) No pertenece al expresionismo alemán, b) No salía Barbara Steel y c) No puede ser de serie B, porque los efectos especiales habrían sido poco convincentes y mi imaginación habría desechado aquella escena como verdaderamente temible.

Pero la Pilus no salía en ninguna película. Su habitación, para que no la olvidara, estaba frente a la mía y solía atacar en las noches en que yo bajaba la guardia. Entonces ya había ideado un truco para combatir mis temores de alcoba, imaginar que el ratón Miki dormía entre mis sábanas. ¿Quién, pensaba con ingenuidad, atacaría a esa sucursal de la alegría, a ese prodigioso hacedor de carcajadas, al único roedor de fama mundial incapaz de asustar a un elefante? Si esa noche intuía que podría sobrevenirme una pesadilla, seguro que mi amigo Miki me salvaría. Pero ella, decía, atacaba sin avisar, como los turcos, y su estrategia era siempre la misma. Me recogía del colegio y de camino a casa, mientras me hablaba de la copa de José en la talega de Benjamín (Gen, 44-1), me entregaba la merienda, que llevaba en su bolso de solterona. Mi alegría, que en otras circunstancias habría sido fingida, se tornaba entonces real al contemplar el bocadillo envuelto en papel plateado que me había preparado. Excitado, siempre desenvolvía aquel manjar con la misma fruición, como si hubiese sido una nube de azúcar o un palote de goma. La sorpresa, os imaginaréis, estaba dentro, y ella con su sonrisa torcida, sus ojos pequeños y brillantes, me decía: “Es tu favorito. Hoy se los he sacado a tus compañeros de clase”. Y al levantar el corte de pan allí estaban los ojos de Neila, de Molina, de Martínez...

Entonces no se me ocurría dormir con Robert Mitchum.


(Continuará)

jueves, junio 02, 2005

Greguería

La pedantería es el monóculo de los mediocres.

El gourmand y su lacayo

En Antojo no sólo se come muy bien, encima no te crees que puedan hacerlo dos personas por menos de cien euros. En Madrid, me asegura mi tío C., cada día se come mejor. No tendremos muchos restaurantes que aparezcan en la guía Michelín, pero existen ya unos prometedores cimientos y un fondo de agenda que, para una persona de fondos limitados como es mi caso, no sólo nos permite comer dignamente, sino también con gustosa variedad.

Antojo es un sitio fetén para cenar con una chai o llevar a tu madre, que viene de Ponferrada a Madrid para traerte unos pimientitos del Bierzo. Eso, o llevar a ese viejo amigo que llevas dos años sin ver y al que quieres animar porque le ha dejado la novia. Abstengámonos de hacerlo en grupo, porque siempre acoge algún inoportuno comensal y la sala, austera y sin excentricidades, es demasiado pequeña. Lo regenta un matrimonio joven y entusiasta que se basta solo para manejar el negocio. Él cocina; ella atiende a los comensales. Mi tío, que es el que sabe (yo me limito a seguirle con devoción), disfrutó mucho del almuerzo que nos ofreció César Rodríguez y su mujer hace ya un par de sábados. Y si mi tío disfruta, es como si lo hiciera Julio Camba.

La de César es una cocina de fusión que convence por su sencillez, muy alejada de la que ejecutan los “desconstructores sifoneros”, forma que tiene el que ha sido su maestro (Abraham García) de llamar a todos aquellos que imitan las técnicas del cocinero catalán más conocido del mundo. La cocina de fusión la desarrollaron los australianos hace un par de décadas por contacto con los inmigrantes chinos que llegaban a su país y, junto a la asiática de cualquier país, es la que hoy domina en los fogones madrileños. César toma el concepto de fusión para potenciar los mejores atributos de una gallina en pepitoria (con la que rellena unos restallantes ravioli que baña con salsa de acederas) o te aconseja que pidas un sashimi de insólito pez mantequilla, uno de las pescados, junto al fugu, más apreciados en Japón.

Aquel día la sala estaba casi vacía, si no fuera por lo que parecían dos apresurados ejecutivos en el trance de cerrar un negocio. Así que tuvimos ocasión de hablar durante una hora con esta simpática pareja que ofrece una cocina sólida, honrada e imaginativa. Mi tío, que posee una biblioteca de gastronomía inmensa, tuvo ocasión de felicitarles como pocas veces he visto. Y ellos tan felices viendo la cara de satisfacción del tripudo gourmand que les prometió volver la semana siguiente y regalarles un libro.

Entretanto, las tabernas ilustradas, con sus cuadros de toros y sus camareros vestidos de librea, van poco a poco desapareciendo. Y es una pena, porque a estos lugares, que antaño reunían a una clientela muy variopinta, ya no van las jóvenes generaciones, que nunca sabrán de la sabrosa contundencia de una cabeza de merluza asada. Yo formo parte de esta generación que considera lo más ir a cenar al Wok Café o a uno de esos antros de diseño minimalista donde te sirve un musculoso efebo que ni sabe lo que te has pedido, nada que ver con esas avispados y diligentes camareros profesionales que uno se encuentra en Salvador. Porque si una cosa se ha perdido es el servicio, asunto que trataré en otra entrada, otro día, que el hambre aprieta y voy a comerme un infame sandwich de máquina.

Tecnofilia

El Spectrum, aquella primitiva computadora con teclado de goma que rechinaba cuando ejecutaba algún programa y nos permitía pasar el rato con ingenuos juegos de naves estelares y laberintos coloreados, aquel artefacto tan manipulable fue un sucedáneo del sueño. Así que nos acostumbramos a dirigir a un monigote por la pantalla del televisor, con un brillo de poder consumado en los ojos, de habilidad celebrada con nervios y veloces reflejos que se disparaban todas las tardes de los sábados. Quizá no todos tuvieron un Spectrum, como no todos en el siglo XVI leyeron a Lutero, pero en mi niñez yo vivía ese ambiente. Yo nací –perdonadme- con el Pac Man.

miércoles, junio 01, 2005

Zugzwang

Tipo de posición en ajedrez que obliga al jugador a realizar una mala jugada, ya que si no tuviera que hacerla, podría salvar la partida.

El perfume de Andy Warhol

Comedia ligera en un acto

Héctor y Casandra

Héctor entra en la sección de perfumería de El Corte Inglés y se dirige al mostrador donde espera una muchacha de piel blanca y media melena castaña que lleva un anillo de piedra verde demasiado holgado.

Héctor: Buenas tardes.
Casandra: Amarillas.
Héctor: ¿Cómo?
Casandra: Amarillas, no buenas.
Héctor: ¿Qué?
Casandra: Las tardes, amarillas.
Héctor: ¡Ah, sí, claro, claro! Mire, buscaba un perfume concreto.
Casandra: Ya imagino que no será un perfume abstracto.
Héctor: ¿Cómo?
Casandra: Que no buscará un fantasma
Héctor: ¡Ah, no, claro que no, qué osadía!
Casandra: Ya le veía yo un poco vano para andar buscando fantasmas de cuatro ojos.
Héctor: Sí, claro, señorita. Abandone usted esas fantasías y escuche lo que quiero que me traiga.
Casandra: Traer, llevar. Ir, volver. El resumen de mi triste vida.
Héctor: Bueno, bueno. En todas partes cuecen habas y no es seguro que el argumento ontológico de San Anselmo vaya a misa.
Casandra: Ya va entrando en razón, caballero. Dígame, ¿qué desea?
Hector: Verá. Es sencillo. Hasta una criatura ingenua y encantadora como usted comprenderá mi problema.
Casandra: Al grano, al grano! Ardo en deseos.
Héctor: Pues hace unos meses conocí a una hermosa joven, una belleza colosal (mientras dibuja con arte la silueta de la mujer), y hoy, justamente, se cumple un mes de ese inolvidable día. Y buscaba un perfume que a ella le hace especial interés. Comprende usted?
Casandra: Francamente, no.
Héctor: Quiero describírsela para que me usted me diga cuál es la idea que tengo de ella. Y luego, cuando le haya contado todo, me diga qué perfume le corresponde a mi amada. Hágame el favor de decirme a qué huele.
Casandra: ¿Cómo en un juego de mesa? Qué aburrido...
Héctor: La mujer de mis sueños, esa criaturita cuya sóla imagen justifica que vaya a trabajar feliz a mi oficina.
Casandra: Deme algún detalle.
Héctor: ¿Ontológico?
Casandra: No, de esos no.
Héctor: Me lo pone usted difícil, ¿sabe? Yo querría hablarle de sus pechos pugnaces pero me obliga a serle sincero.
Casandra: ¿Mis pechos qué?
Héctor: No, no, disculpe. Los pechos de mi amada (haciendo el gesto con las dos manos alejándose y acercándose al pecho).
Casandra: ¿Es por mi blusa? ¿Demasiado ajustada?
Héctor: Bueno, yo no diría eso. Muchas mujeres la llevan así.
Casandra: ¿Me llama usted vulgar?
Héctor: Quiero decir, si usted me permite, que las mujeres con cierto gusto las siguen llevando.
Casandra: ¿Diría que con esta blusa parezco una chica a la moda de París?
Héctor: Ah, París. París ya no está lejos.
Casandra: Pues yo no he estado en París.
Héctor: Peor para usted.
Casandra: ¡Qué grosero! ¿Y quiere que le consiga ese perfume?
Héctor: Para eso la pagan, hija mía.
Casandra: Ni en sueños sería usted mi padre. ¿Acaso es partidario del incesto?
Héctor: Partidario practicante. Es mi segundo empleo.
Casandra: No sabía que la Seguridad Social estuviese por civilizar.
Héctor: Aquello es la jungla. Pero, a lo que íbamos, querida.
Casandra: Ahora soy su querida...
Héctor: El perfume que busco es agreste como un bosque mojado por la lluvia de otoño, con un punto dulce como la uva moscatel en su sazón, y ligeramente escorado a la izquierda como Laurie Cunningham en la banda del Rayo Vallecano, me va pillando?
Casandra: ¿Cúnijan? ¿Cómo el pintor ese de los pelos? (Haciendo gesto de artista extravagante con melena desenvuelta).
Héctor: Ese me parece que dice es Warhol.
Casandra: El que sea. Para lo que hay que pintar.
Héctor: Él no pintaba realmente. Podría decirse que, como yo, le gustaba el dinero y pensar que el mundo es todo lo que a él sucedía. Me ocurren tantas cosas...
Casandra: Anda que a mí. Si le cuento lo que pienso yo de todo este sitio. Usted me ve aquí, aparentemente dispuesta, con un dolor en el pie que me mata y no me conoce. También tengo mis preocupaciones.
Héctor: A mí me sudan las manos. Vea usted (enseñándolas). Parecen untadas en manteca.
Casandra: Lo del pie no es lo peor, es un dolor torpe y tedioso, sino lo que me rodea. Es toda esta quincalla directamente sacada de la caverna de Platón. Y si no, lea el libro séptimo de La República.
Héctor: Este es un lugar agradable. Escuche... (Pausa) Suena música. Me parece que es Nick Cave. Y al otro lado del mundo sólo se oyen disparos. Estamos en una caja de música donde el tiempo no transcurre. Usted es como esa actriz vivaracha de las comedias clásicas que hacía de chica bondadosa. Sí, ahí, detrás de esta vitrina que es su prisión.
Casandra: No se ría de mí. Se ve que estoy harta. Peor, se me ve desilusionada.
Héctor: No pasa nada. Yo soy un ser ruin, pretencioso y muy comunicativo al que le chiflan los perfumes y las chicas. Y la ilusión, ¿qué es?
Casandra: Ilusión.
Héctor: Pues es verdad, ¿en qué estaría pensando?
Casandra: En su novia.
Héctor: ¡Ah, sí, mi novia! Bella mujer. Pues andaba buscando, como le decía antes, un regalito para ella.

(A Héctor comienzan a sudarle las manos más y más. Primero, se frota contra el pantalón vaquero. Luego, se limpia con el faldón de la camiseta. Después, se mete las manos en los bolsillos de su cazadora.)

Héctor (pensando): ¡Dios mío, qué espanto! Cómo me sudan las manos. Parezco un cerdo. Un puto cerdo. Parezco el cerdo más grande que jamás haya parido una cerda. Si fuera cerdo cerdo, y no hombre cerdo, me darían el premio al cerdo más cerdo de toda la piara. Ahora que recuerdo, esta mañana, ante el espejo, creí que mi nariz era la de un cerdo...

Héctor (dirigiéndose a Casandra): ¿Dónde hay un espejo?
Casandra: Encima vanidoso.
Héctor: Tengo un horrible presentimiento, ¿dónde puedo encontrar un espejo?
Casandra: Esto es la sección de perfumería, caballerete de tres al cuarto, no la sección de cosmonaútica.
Héctor: ¡Oh, santo cielo, qué tía más loca!
Casandra: Y ahora soy su tía. Pues a ver si se aclara (y hace el gesto de estar loco con el índice en la sien).
Héctor: Ya la voy a aclarar yo lo que yo me sé.
Casandra: Con galimatías wittgensteinianos no vamos a ningún lado.
Héctor: Todo se andará.
Casandra: Pero ¿se aclara o no se aclara?
Héctor: Lo único que tengo claro es que quiero un espejo.
Casandra: Mire.
Héctor: ¿Dónde?
Casandra: ¡Ay, la virgen! Que hombre más burro.
Héctor: Cerdo.
Casandra: ¿Cerdo?
Héctor: Burro, no. Cerdo. Soy un cerdo. Lo dice mi DNI y mi ADN. Más no se puede pedir.
Casandra: Ciertamente.
Héctor: Realmente.
Casandra: Pero que tío más Contreras. ¿Quiere mirar?
Héctor: Ya la veo. Está usted muy bien.
Casandra: No, aquí.
Héctor: Sí, sus ojos. ¡Qué grandes! (Y hace el gesto de acercar a mirarse en los ojos de Casandra como quien se asoma a un túnel).
Casandra: Para que se mire mejor...
Héctor: Y ¡qué negros! (se acerca más)
Casandra: Para que se vea mejor...
Héctor: Y ¡qué brillantes! (y más)
Casandra: Para que se alumbre mejor...
Héctor: Y ¡qué... (se cae al suelo) ah, que nariz de cerdo se me está poniendo, la hostia!
Casandra: Pues la cara es el espejo del alma, dicen.
Héctor: ¿Quién coño dice esa estupidez?
Casandra: Mi abuela, sin ir más lejos.
Héctor: Pues de tal palo, tal astilla.
Casandra: Ahora intenta embaucarme con cariñitos y soflamas de amante barato de novela barata de kiosko abarrotado de cintas de vídeo, ¿eh? Es que son todos iguales... (y hace un gesto de damisela despechada)
Héctor: ¡Menos teatro!

Escrito una tarde de otoño de 2004 al alimón con mi amigo J. M., cuya blog podéis visitar en http://www.diariodeunsufidealcorcon.blogspot.com


La venganza del hombre de Schweeppes

No me gusta nada esa bebida que anuncio por televisión. Y no es la primera vez que presto mi imagen para promocionar un producto. El año pasado, sin ir más lejos, dije: ­­“Suave y peligroso como una pantera­”. Y, efectivamente, el coche era suave y peligroso y, aunque no sepa conducir, puedo dar fe de que el coche se comportaba como una pantera, aunque vete tú a saber cómo se comportan verdaderamente esas fieras. La bebida que ahora anunció por televisión no es “antártica”, de la misma manera que no puede ser “el nuevo sabor para el nuevo refresco del siglo XXI”. A mí, desde luego, no me parece que ese brebaje absurdo tenga éxito, no al menos en nuestro país, para el cual yo soy la imagen de la bebida y resulto genialmente romántico gracias a mi elegante brillo de galán despreocupado cuyo rostro tintinea cuando revela su sonrisa maduramente joven.

Soy pura demografía. Represento a millones de ciudadanos ansiosos por acumular experiencias y, en la medida que yo puedo halagar sus insaciables egos, mi responsabilidad es indiscutible. A través de la hipocresía y la pretenciosidad del mensaje que ofrezco no cabe una posibilidad de verdad. El problema es cómo educar en la auténtica superioridad a toda esa legión empeñada en destacarse del resto. ¿Cómo ser un rebelde auténtico si una conocida marca de colonia afirma que “en ocasiones hay que ir contracorriente”? Es del todo imposible que la gente se vuelva más crítica con la cultura televisiva cuando lo grotesco es un imperativo categórico. La bebida que anuncio es mala, pero ayer el director de la campaña, eufórico, me llamó para comunicarme que quieren hacer un segundo anuncio. La bebida no se vende, pero a todos ha gustado esa imagen que ofrezco de moderno "bon vivant" que siempre se sale con la suya.

La bebida es rematadamente repugnante. Pese a todo, me temo, la gente tarde o temprano empezará a beberla.