Comedia ligera en un actoHéctor y CasandraHéctor entra en la sección de perfumería de El Corte Inglés y se dirige al mostrador donde espera una muchacha de piel blanca y media melena castaña que lleva un anillo de piedra verde demasiado holgado.
Héctor: Buenas tardes.
Casandra: Amarillas.
Héctor: ¿Cómo?
Casandra: Amarillas, no buenas.
Héctor: ¿Qué?
Casandra: Las tardes, amarillas.
Héctor: ¡Ah, sí, claro, claro! Mire, buscaba un perfume concreto.
Casandra: Ya imagino que no será un perfume abstracto.
Héctor: ¿Cómo?
Casandra: Que no buscará un fantasma
Héctor: ¡Ah, no, claro que no, qué osadía!
Casandra: Ya le veía yo un poco vano para andar buscando fantasmas de cuatro ojos.
Héctor: Sí, claro, señorita. Abandone usted esas fantasías y escuche lo que quiero que me traiga.
Casandra: Traer, llevar. Ir, volver. El resumen de mi triste vida.
Héctor: Bueno, bueno. En todas partes cuecen habas y no es seguro que el argumento ontológico de San Anselmo vaya a misa.
Casandra: Ya va entrando en razón, caballero. Dígame, ¿qué desea?
Hector: Verá. Es sencillo. Hasta una criatura ingenua y encantadora como usted comprenderá mi problema.
Casandra: Al grano, al grano! Ardo en deseos.
Héctor: Pues hace unos meses conocí a una hermosa joven, una belleza colosal (mientras dibuja con arte la silueta de la mujer), y hoy, justamente, se cumple un mes de ese inolvidable día. Y buscaba un perfume que a ella le hace especial interés. Comprende usted?
Casandra: Francamente, no.
Héctor: Quiero describírsela para que me usted me diga cuál es la idea que tengo de ella. Y luego, cuando le haya contado todo, me diga qué perfume le corresponde a mi amada. Hágame el favor de decirme a qué huele.
Casandra: ¿Cómo en un juego de mesa? Qué aburrido...
Héctor: La mujer de mis sueños, esa criaturita cuya sóla imagen justifica que vaya a trabajar feliz a mi oficina.
Casandra: Deme algún detalle.
Héctor: ¿Ontológico?
Casandra: No, de esos no.
Héctor: Me lo pone usted difícil, ¿sabe? Yo querría hablarle de sus pechos pugnaces pero me obliga a serle sincero.
Casandra: ¿Mis pechos qué?
Héctor: No, no, disculpe. Los pechos de mi amada (haciendo el gesto con las dos manos alejándose y acercándose al pecho).
Casandra: ¿Es por mi blusa? ¿Demasiado ajustada?
Héctor: Bueno, yo no diría eso. Muchas mujeres la llevan así.
Casandra: ¿Me llama usted vulgar?
Héctor: Quiero decir, si usted me permite, que las mujeres con cierto gusto las siguen llevando.
Casandra: ¿Diría que con esta blusa parezco una chica a la moda de París?
Héctor: Ah, París. París ya no está lejos.
Casandra: Pues yo no he estado en París.
Héctor: Peor para usted.
Casandra: ¡Qué grosero! ¿Y quiere que le consiga ese perfume?
Héctor: Para eso la pagan, hija mía.
Casandra: Ni en sueños sería usted mi padre. ¿Acaso es partidario del incesto?
Héctor: Partidario practicante. Es mi segundo empleo.
Casandra: No sabía que la Seguridad Social estuviese por civilizar.
Héctor: Aquello es la jungla. Pero, a lo que íbamos, querida.
Casandra: Ahora soy su querida...
Héctor: El perfume que busco es agreste como un bosque mojado por la lluvia de otoño, con un punto dulce como la uva moscatel en su sazón, y ligeramente escorado a la izquierda como Laurie Cunningham en la banda del Rayo Vallecano, me va pillando?
Casandra: ¿Cúnijan? ¿Cómo el pintor ese de los pelos? (Haciendo gesto de artista extravagante con melena desenvuelta).
Héctor: Ese me parece que dice es Warhol.
Casandra: El que sea. Para lo que hay que pintar.
Héctor: Él no pintaba realmente. Podría decirse que, como yo, le gustaba el dinero y pensar que el mundo es todo lo que a él sucedía. Me ocurren tantas cosas...
Casandra: Anda que a mí. Si le cuento lo que pienso yo de todo este sitio. Usted me ve aquí, aparentemente dispuesta, con un dolor en el pie que me mata y no me conoce. También tengo mis preocupaciones.
Héctor: A mí me sudan las manos. Vea usted (enseñándolas). Parecen untadas en manteca.
Casandra: Lo del pie no es lo peor, es un dolor torpe y tedioso, sino lo que me rodea. Es toda esta quincalla directamente sacada de la caverna de Platón. Y si no, lea el libro séptimo de La República.
Héctor: Este es un lugar agradable. Escuche... (Pausa) Suena música. Me parece que es Nick Cave. Y al otro lado del mundo sólo se oyen disparos. Estamos en una caja de música donde el tiempo no transcurre. Usted es como esa actriz vivaracha de las comedias clásicas que hacía de chica bondadosa. Sí, ahí, detrás de esta vitrina que es su prisión.
Casandra: No se ría de mí. Se ve que estoy harta. Peor, se me ve desilusionada.
Héctor: No pasa nada. Yo soy un ser ruin, pretencioso y muy comunicativo al que le chiflan los perfumes y las chicas. Y la ilusión, ¿qué es?
Casandra: Ilusión.
Héctor: Pues es verdad, ¿en qué estaría pensando?
Casandra: En su novia.
Héctor: ¡Ah, sí, mi novia! Bella mujer. Pues andaba buscando, como le decía antes, un regalito para ella.
(A Héctor comienzan a sudarle las manos más y más. Primero, se frota contra el pantalón vaquero. Luego, se limpia con el faldón de la camiseta. Después, se mete las manos en los bolsillos de su cazadora.)
Héctor (pensando): ¡Dios mío, qué espanto! Cómo me sudan las manos. Parezco un cerdo. Un puto cerdo. Parezco el cerdo más grande que jamás haya parido una cerda. Si fuera cerdo cerdo, y no hombre cerdo, me darían el premio al cerdo más cerdo de toda la piara. Ahora que recuerdo, esta mañana, ante el espejo, creí que mi nariz era la de un cerdo...
Héctor (dirigiéndose a Casandra): ¿Dónde hay un espejo?
Casandra: Encima vanidoso.
Héctor: Tengo un horrible presentimiento, ¿dónde puedo encontrar un espejo?
Casandra: Esto es la sección de perfumería, caballerete de tres al cuarto, no la sección de cosmonaútica.
Héctor: ¡Oh, santo cielo, qué tía más loca!
Casandra: Y ahora soy su tía. Pues a ver si se aclara (y hace el gesto de estar loco con el índice en la sien).
Héctor: Ya la voy a aclarar yo lo que yo me sé.
Casandra: Con galimatías wittgensteinianos no vamos a ningún lado.
Héctor: Todo se andará.
Casandra: Pero ¿se aclara o no se aclara?
Héctor: Lo único que tengo claro es que quiero un espejo.
Casandra: Mire.
Héctor: ¿Dónde?
Casandra: ¡Ay, la virgen! Que hombre más burro.
Héctor: Cerdo.
Casandra: ¿Cerdo?
Héctor: Burro, no. Cerdo. Soy un cerdo. Lo dice mi DNI y mi ADN. Más no se puede pedir.
Casandra: Ciertamente.
Héctor: Realmente.
Casandra: Pero que tío más Contreras. ¿Quiere mirar?
Héctor: Ya la veo. Está usted muy bien.
Casandra: No, aquí.
Héctor: Sí, sus ojos. ¡Qué grandes! (Y hace el gesto de acercar a mirarse en los ojos de Casandra como quien se asoma a un túnel).
Casandra: Para que se mire mejor...
Héctor: Y ¡qué negros! (se acerca más)
Casandra: Para que se vea mejor...
Héctor: Y ¡qué brillantes! (y más)
Casandra: Para que se alumbre mejor...
Héctor: Y ¡qué... (se cae al suelo) ah, que nariz de cerdo se me está poniendo, la hostia!
Casandra: Pues la cara es el espejo del alma, dicen.
Héctor: ¿Quién coño dice esa estupidez?
Casandra: Mi abuela, sin ir más lejos.
Héctor: Pues de tal palo, tal astilla.
Casandra: Ahora intenta embaucarme con cariñitos y soflamas de amante barato de novela barata de kiosko abarrotado de cintas de vídeo, ¿eh? Es que son todos iguales... (y hace un gesto de damisela despechada)
Héctor: ¡Menos teatro!
Escrito una tarde de otoño de 2004 al alimón con mi amigo J. M., cuya blog podéis visitar en http://www.diariodeunsufidealcorcon.blogspot.com