jueves, julio 28, 2005

Desde Rusia con amor

Lectores dilectos:

Me marcho a Rusia diez días. Os dejo con el atronante silencio que provocará mi ausencia. Pásenlo bien. Nos vemos. Nos leemos.

Zoom de sonido

Más de un siglo de grabaciones ha cambiado la forma en que escuchamos música y el modo en que se interpreta. Al fin y al cabo, la política también posee un sentido musical y cada época tiene su secreto acorde con el que hace bailar a la historia. Cuando sóno el primer cilindro que Edison grabó, en un viejo laboratorio de Newark (New Jersey), el fonógrafo ya era un viejo sueño del hombre. Se habían inventado las pianolas, que fueron, como las viejas tarjetas perforadas de las primitivas computadoras, la tecnología primera que hizo posible algo “realmente maravilloso”, según Josef Hofmann, el niño que ejecutó al piano la primera partitura grabada por el hombre.

El pianista y director alemán Hans von Bülow afirma que casi se desmayó tras escuchar su propia grabación de una mazurca de Chopin. Más tarde, en el laboratorio de Edison, registraría sobre un cilindro la sinfonía Heroica de Beethoven interpretada por la Metropolitan Opera House de Nueva York, grabación que no sobrevivió. Muy pocas de las primeras han llegado hasta nosotros, apenas un fragmento de Israel en Egipto de Händel, que August Mann dirigió en el Palacio de Cristal de Londres en 1888. Por lo demás, más allá del interés arqueológico, la pérdida no tuvo excesiva importancia. Las sinfonías de Beethoven se siguen escuchando en mi sistema 5.1. (Sí, ya sé que probablemente August Mann dirigiera muy bien, pero ¿a quién verdaderamente le importa?).

El primer problema fue la duplicación de originales, principal escollo para su comercialización. En los primeros tiempos la única forma de grabar era hacerlo directamente en un máximo de diez fonógrafos equipados con unas enormes campanas que recogían la música que producían orquestas de apenas ocho ejecutantes. Con una sola interpretación eran capaces de conseguir diez copias. Más era físicamente imposible: los aparatos eran duros de oído y no registraban bien el sonido a partir de cierta distancia. Un cantante solista sólo podía realizar tres grabaciones por ejecución, lo que le permitían las característica propias de la voz humana. ¿Cobraban los músicos por cada cilindro que grababan?

Por supuesto que no.

Habría arruinado a una industria que febrilmente comenzaba a grabar polkas, valses, himnos patrióticos, arias de óperas, tonadas populares...

Las cosas no han cambiado tanto desde Walter Benjamin. La música hace tiempo que perdió su “aura”. Desde que cualquiera de nosotros es capaz de reproducir música grabada en su casa, las cosas, sobre todo para la industria, siguen más o menos igual. Salvo por el hecho de que ahora mi amigo E. puede producir su Ep en casa y se han abierto caravanas alternativas de difusión. Ya saben que estoy hablando de internet, esa golosina prohibida que nos quiere quitar la SGAE y los defensores en general del apoltronamiento ideológico en sus más diversos grados de miseria.

Las cosas cambian, como de costumbre, pienso mientras mi deuvedé reproduce un cedé legal de Paolo Conte.

miércoles, julio 27, 2005

Misterio

Una galaxia típica como la nebulosa de Orión está rodeada de materia oscura. Esta sustancia compone la mayor parte de su estructura. Aunque no puede verse, la materia oscura puede ser detectada debido a sus efectos gravitatorios. La ironía es que el vacío se reparte por todas las partes del universo; el resto, lo existente, lo que tiene masa, en su gran mayoría es materia oscura. El secreto permanece bajo llave por un hipotético e improbable tahúr divino. Impenetrables, lejanas, negras (pues no irradian luz), los psicoanalistas del cosmos se empeñan en iluminar estas zonas desconocidas que constituyen el noventa por ciento del universo.

Poema de amor

Bendita sea la madre que te parió. Benditos
tus ojos, expertos en la busca. Y tus manos
morenas. Y tu pelo de Estigia,
largo como las noches de los viejos. Benditas
tus caderas, regias y jubilosas,
ceñidas de inquietud.

Bendita toda tú.
Porque te vi pasar, y temblé como rama en la tormenta.
Porque te vi reír, y llore (emocionado) igual que un crío.
Porque gracias a ti me olvide por completo
de estas tercas, furiosas
almorranas.


Víctor Botas es uno de mis poetas favoritos. Este poema pertenece a su libro Aguas mayores y menores, donde el poeta, romántico de clase media, nos muestra sus obsesiones: las puyas del deslenguado Marcial, las retorcidos fraseos de un Borges al que plagia con descaro y convicción, y lo mejora; el prólogo dedicado a Alfonso Guerra, en el que se pitorrea de Quevedo (y de Alfonso Guerra); su ironía culturalista, capaz de mostrarnos a un hombre que desprecia el oropel de la vida contemporánea y se burla de aquellos que sí lo hace. Lo vemos en la sátira No ser en modo alguno, cuando dice:

Qué bueno
no ser en modo alguno
imprescindible
como lo son tantísimos
Sin duda
ha de ser agobiante ese saberse
necesario
como el insomne dios de los teológos.


El requiebro humorístico también encuentra su momento. Lo vemos, por ejemplo, en In fraganti:

Al fondo del jardín
bajo las flores blancas del magnolio
estival
en cuclillas recuerdo
la sorprendí orinando

Se tapó como pudo (pero no
del todo, por si acaso)
y se puso a empujar gimoteando
para acabar primero
Tenía enormes pechos y mirada chiquita

Justo
al contrario de como a mí me gustan

Fue una pena.


Víctor Botas fue un poeta tremendo, pero no fue en modo alguno un poeta profesional. La mayor parte de su vida trabajó como tendero. Alguna vez se quejó de su situación, nos cuenta el poeta y crítico José Luis García Martín, su amigo en la tertulia del café Oliver. Han pasado once años desde la muerte de este hombre que se disfrazaba de hombre común, como Horacio, y sabía recrear, solemne, algunos de los mejores poemas de todos los tiempos, de John Donne pasando por Jorge de Sena. Leerlo nos cura de la mala retórica, de los malos poetas y de nosotros mismos, los peores de todos. La editorial Llibros del Pexe ha editado su poesía completa. Echenla un vistazo. Si gustan.

martes, julio 26, 2005

Los que fuimos

Toda la noche. Estuvimos toda la noche bebiendo, fumando, riendo, charlando, hasta el amanecer, ignorando todo lo que se quedaba atrás, insensibles al día que pronto comenzaría. La noche pasó con euforia, porque éramos indestructibles, geniales, casi niños en nuestra inconsciencia. No lo sabíamos, pero éramos felices. Aquella noche, como muchas otras, habíamos conseguido huir de los días, las semanas, los meses y los años futuros. Nada nos distinguía, salvo las sonrisas, los besos, las llamadas, las bromas y la creencia común de que acaparábamos todas las virtudes de nuestra época.

lunes, julio 25, 2005

Un viernes cualquiera

“Los mejores adioses son los que no lo parecen”, afirma mi amigo J., el Sufí de Alcorcón. No hubo despedidas, ni énfasis, ni promesas. Entre nosotros sólo hubo una certeza. El viernes lo sabíamos, pero preferimos no ponernos solemnes. P., que es lo más parecido a una samurai, se marcha a su tierra, Asturias, para criar a su hija. Sabe lo que deja atrás y lo que tiene delante. M., por su parte, se quedará en Madrid. Todos hemos cambiado y nos podría ir todo mejor. Todos sabemos que estamos apurando las últimas gotas del preciado licor de juventud. Ya somos hombres, pensamos. Y no sabemos nada.

Este año he empezado a envejecer.

viernes, julio 22, 2005

Políticos

"Responden a la objeción, pero no a la dificultad". (Joubert)

miércoles, julio 20, 2005

Tedio y modernidad

Si por una vez no somos hipócritas hay que admitir que la gran literatura de nuestro siglo está amasada con tedio; éste es uno de los hechos más evidentes de la época contemporánea, y también uno de los más silenciados, como si reconocerlo pudiera acarrear consecuencias tan funestas como la falta de sensibilidad del denunciante y una amenaza para todo lo que creemos ser.

Porque no se trata de los autores convictos y confesos de medianía, que son casi todos, sino de los genios indiscutibles que han hecho la literatura actual; Henry James, nuestro querido y maravilloso Proust, que contiene tantas páginas aburridas, y no digamos Joyce, las novelas inacabadas e inacabables de Kafka, que ponen a prueba la paciencia más sólida, y muchos fragmentos de Thomas Mann, de Musil, de Céline, de Faulkner.

Nuestro siglo no ha inventado el aburrimiento literario, pero lo ha canonizado, lo considera ingrediente casi imprescindible, un toque de calidad que se echaría de menos en una obra importante; y ello es visible también en expansiones narrativas reputadas por su exquisitez que están de moda, para no mencionar tantos casos de autores españoles cuyo nombre es más prudente omitir.

Tarea de escribir (Pamiela), de Carlos Pujol

martes, julio 19, 2005

La ética del hacker

La batalla ya está perdida. El Tribunal Supremo de EEUU ha declarado “posibles responsables de piratería” a las empresas desarrolladoras de programas P2P. A pesar de una sentencia pronunciada en 2002 por un tribunal de Los Angeles, que afirmaba que esta tecnología no vulnera directamente los derechos de autor, los intereses de la industria se han acabado imponiendo. Las empresas discográficas –así lo creen- ya no se verán obligadas a cambiar su obsoleto modelo de negocio, debido al endurecimiento de las leyes y la persecución sistemática de este tipo de software.

A pesar de todo, no han conseguido nada. Los programas P2P más empleados en la actualidad no los ha creado una empresa, ni siquiera poseen servidores que centralicen los flujos de información. Por tener no tienen protocolos de acceso comunes y trabajan bajo fuertes medidas de encriptación. Es decir, ya no hay nadie a quien demandar, a excepción de los usuarios, que no quieren sentirse estafados por una industria que se niega a aceptar unos hechos incontestables. El primero de ellos, que el cedé ha perdido su hegemonía como formato común en la distribución de música.

La represión no parece la mejor medida para acabar con un fenómeno imparable. Son ya muchos los músicos que han sabido adaptarse a los nuevos tiempos y permiten la libre distribución de sus creaciones a través de las licencias Creative Commons, mucho menos lesivas contra los intereses de los consumidores. La música no está en peligro, como vocea la SGAE; lo está la industria, que ve cómo se desmorona su paraíso utópico en el que ha vivido en los últimos quince años. El Tribunal Supremo de EEUU no está ayudando a la industria. La deja en un callejón sin salida y la condena a librar una batalla perdida de antemano. Pueden seguir con su paranoia de tecnolovigilancia, pero no podrán sobreponerse a una nueva ética, la ética del hacker, que se materializa en el ciberactivismo del Copyleft y el Copyfigft.

La ética del hacker y el espíritu de la era de información (Destino) es el título del ensayo en el que el filósofo finlandés Pekka Himanen desarrolla los principales puntos de un nuevo espíritu que pretende alterar el orden establecido en torno a las producciones audiovisuales, la literatura, la música y el software libre. Para empezar, apunta Himanen, el hacker no es un delincuente (cracker), como se nos ha hecho creer. Es un entusiasta de su trabajo y, por lo tanto, su ética puede extenderse a cualquier tipo de actividad. El bloguerismo, por tanto, participa de este tipo de principios que desafía abiertamente la tradicional y hasta ahora hegemónica ética protestante del trabajo.

La ética hacker es más una axiología que un programa cerrado de principios tecnológicos. Linus Torvalds, creador del sistema operativo Linux, sería el principal ejemplo de esta nueva moral del trabajo que defiende, en el caso de la informática, la creación de programas gratuitos de código abierto, aquellos cuyo código fuente puede ser alterado por los usuarios. A diferencia de Microsoft, que cierra a cal y canto el interior de sus defectuosos programas, Linux se presenta como una alternativa atractiva para todos aquellos usuarios que se niegan a vivir la nueva pesadilla de control tecnológico que nos llega desde los Estados Unidos. Para un hacker, hay un imperativo categórico: la información debe fluir.

Pueden consultar el texto íntegro del libro pinchando aquí.

lunes, julio 18, 2005

La piel dura

Leo en el periódico: «Un niño de 21 meses salva la vida tras caer de un quinto piso». Y pienso en La piel dura de Truffaut, película en la que se reproduce, exactamente, este suceso. Un niño de apenas dos años juega en el alfeizar, nadie le está cuidando y no teme acercarse a la ventana desde la que cae, ileso, sobre unos arbustos. Toda la película es una afirmación de la dureza de los niños, una parábola sobre su capacidad de supervivencia. Por la misma razón que un niño no tiene aún formado el esqueleto, un golpe no puede quebrar la blandura de su cuerpo. Los adultos se astillan, pero los niños encajan mejor los golpes. Son blandos, que es como decir que son indeformables

Aurea mediocritas

Preocupado, Pla se pregunta en El cuaderno gris si no estará inevitablemente destinado a ser un infeliz. Todos, según se mire, podemos caer en la infelicidad sistemática. Esa pregunta es propia de quienes consideran están destinados a una vida feliz. Pocos se plantean su propia mediocridad –aurea mediocritas- porque creen que son merecedores de la grandeza. Esa es la razón de que con tanta frecuencia vean los errores de los demás como aciertos propios.

Dicho con las palabras de La Rochefoucauld: "En la desgracia de nuestros mejores amigos hay algo que no nos desagrada tanto". El mal en minúscula consiste en estas modestas inmoralidades en las que pocas veces nos reconocemos. El mal, pienso, necesita de la grandeza para tomarlo en consideración.

viernes, julio 15, 2005

Microeconomía para tontos

Es curioso cómo la Sociedad General de Autores pretende violentar la más sencilla ley de la economía. En el último informe que presenta, que se incluye en su anuario de 2005, la venerable casa, con su habitual tono lastimero, afirma que la caída de ventas de discos se produce, exclusivamente, por el aumento de las ventas de cedés ilegales. No explica, porque no le interesa, que en una economía de libre mercado existe una ley ineludible que relaciona la demanda del consumidor con el precio de un bien dado. De esta forma, si aumentamos el precio de una barra de pan, la demanda descenderá. Y viceversa. Es muy sencillo.

Sólo que el consumidor no se comporta igual ante una subida en el precio de pan que ante una subida en el precio de un cedé. Aquí entra en juego otro concepto que relaciona el precio con la demanda. Se llama elasticidad de la demanda, y viene a explicar la sensibilidad del consumidor ante la variación en el precio –al alza o a la baja- de un bien X. El pan es un bien de primera necesidad, así que es bastante poco probable que un aumento del cinco por ciento en su precio provoque un descenso pronunciado en su consumo. En este caso diríamos que el pan es un bien muy poco elástico. Sucede lo contrario con el cedé, un bien que en ningún caso puede considerarse de primera necesidad. Una subida del cinco por ciento en el precio del cedé sí provoca un descenso del consumo, ya que un cedé es un bien muy elástico.

Sorprende que el informe no proporcione datos más transparentes. En el año 2000, según unos sencillos cálculos al alcance de cualquier niño, el precio medio del cedé descendió un 7,9 %, lo que provocó un aumento de la demanda estimado en 77, 8 millones de copias, muy cercanos a los precios y resultados de 1997, una época en la que los niveles de piratería eran mínimos. Cuando los precio bajan, las ventas suben. Siempre ha sido así y está bien que siga siendo.

En años siguientes, el precio medio del cedé ha aumentado. ¿Se extrañan entonces de que las ventas bajen? ¿Pretenden hacernos creer que el consumidor no es sensible a las variaciones de precio de la música? ¿Están afirmando que el cedé es un bien anómalo y se comporta como un bien giffen?

¡Ja!

Risas

No sé dónde he leído –creo que es de Piglia- que la timidez y el humor con frecuencia se dan juntos. Es cierto, en todo caso, si no queremos creerlo, que la timidez sólo se combate con el humor, que es esa prudente distancia con la que nos enfrentamos a esa conspiración cósmica que llamamos realidad. Mucha gente, incluso la que me conoce, afirma que tengo un carácter lúgubre. Es cierto que en mi pálido rostro parece el mármol grave de una sepultura, pero yo me río por dentro. Sólo carcajeo en situaciones incómodas, con mucha frecuencia en funerales. No me sale la risa en la atmósfera distendida de una reunión. Tiene entonces para mí la risa algo prohibitivo y caro, como ese vino excepcional que sólo servimos en ocasiones especiales. Sería falso afirmar que sólo me gusta el humor inteligente. Aprecio en gran medida la risa de opereta, los espectáculos que a diario nos ofrece el vodevil de la vida, incluso el chiste que se cuenta con el palillo en la boca. No soy un gourmet de la risa.

Mi pecado es no saber sonreír. Tengo una sonrisa que no llega a sonrisa, una sonrisa mellada y mediopensionista que no suele agradar a los escasos partidarios de la alegría. Tengo, es una pena, un cigomático mayor muy poco ejercitado. Este músculo es el que permite sonreír a las personas. Por lo que se ve, mi músculo me falla en las circunstancias menos favorables, sobre todo después de un chiste que todos celebran. Qué le voy a hacer si no tengo una buena sonrisa, si mi cigomático mayor es cualquier cosa menos el de un culturista de la risa. Sé llorar con verdadero fervor, pero nadie aprecia un buen llanto ni –es mi especialidad- una entregada sucesión de gimoteos.

Tópico

«Como en España no se vive en ningún sitio», escucho con demasiada frecuencia. No me interesa la veracidad de esta afirmación –indemostrable-, sino el grado de obscena complacencia con la que alguien la pronuncia y, por supuesto, la inevitable circunstancia de fruición gastronómica que la acompaña.

Esos sabios

Son cómicos los nuevos moralistas. Nos invitan a ver ver cosas que ya habíamos visto. Es el caso del venerable José Luis Sampendro, anciano sapiencial con ínfulas de arconte. A diferencia de Sócrates, sólo le hacen caso los ingenuos cargadas de buenas intenciones. No perdono tampoco a los saramagos que jesusean con pernicioso tonillo ático. La misión del sabio, como hacía Sócrates, debería ser (co)rromper.

El periodista Arcadi Espada tiene una palabra para definir las excrecencias intelectuales de este tipo de escritores: magufería. Huyamos, pues, de los escritores magufos.

miércoles, julio 13, 2005

Un viejo amigo

“El hombre desea convertirse en macho dominante. Mira a tu alrededor” –me dice, extendiendo el brazo. “¿Crees que no deseo copular con el mayor número de mujeres de este lugar?” No le respondí nada. Preferí seguir escuchando su discurso, una mezcla de nihilismo autocompasivo y agresiva teoría social con el que trataba de justificar su cáncer emocional. Era un tipo discretamente amargado que hacía un año se había separado de su mujer y a la que se suponía ya había perdonado.

Ella ganaba más que mi amigo, ya que su ascensión laboral fue progresiva y ascendente. Comenzó como telefonista en una empresa de telecomunicaciones. Pasaba diez horas del día resolviendo lo que se conoce como incidencias. La llamaban tipos con problemas diversos, habitualmente técnicos, que resolvía a través de unos complicados diagramas de flujos que explicaban los pasos que debía seguir el interesado. No era nada complicado resolver las incidencias. Sólo en pocas ocasiones la mujer de mi amigo tuvo que improvisar soluciones no específicas. En pocos años consiguió convertirse en directora regional de su empresa.

¿Era una cuestión de dinero?

Mi amigo era demasiado perezoso, demasiado indiferente para sentirse acomplejado por el insondable abismo económico que los separaba. Como redactor en la versión digital de un conocido diario de economía, mi amigo tenía un sueldo mediocre y poca relevancia social. Ella, en cambio, parecía que aún tenía un futuro prometedor y un sueldo absurdamente alto. Un año después de contraer matrimonio, su relación se fue a pique después de descubrir decenas de conversaciones que mantuvo por chat con una chica que se hacía llamar Kreia. Mi amigo, al que advertí en su día del peligro que podría correr, olvidó borrar los archivos de registro del programa que empleaba para perpetrar sus infidelidades.

−Aunque nunca la vi en persona, aquello fue peor que si me hubiese pillado con ella en la cama. Nuestra relación sólo había durado un mes, pero el contenido de aquellos archivos era irrefutable. Había contado con pelos y señales todas las miserias de mi vida con ella, me quejaba de sus manías y esa forma de humillarme todos los días con mis fracasos. Dejé de dibujar, que es lo único que de verdad me ha interesado. Dejé de ver a los amigos. Todo por ella. Y luego va y me pilla hablando con una tía a la que sólo he visto en fotos.

Aquel suceso, comentaba con resentimiento, fue la excusa perfecta para que la pudiera abandonarlo sin culpa. Su fracaso, que en cierta manera era el mío, estaba acabando con su vida. Había perdido peso, pero su aspecto desfondado, su evidente desaliño mostraban los signos de una recuperación lenta y difícil. Llevaba un año sin follar y eso, insistía, le parecía insufrible.

Según su teoría, los grandes perdedores de nuestras sociedades son perdedores sexuales. Dinero, poder, éxito, amistades… Todo los dones que nos puede ofrecer la vida sirven para un único fin. “Somos así de primitivos, porque todo se reduce a eso, convertirse en el macho dominante de la manada”. Ya había leído algo parecido a eso en Las Partículas elementales de Houllebecq, sólo que ahora, cara a cara con mi amigo, aquella extraña teoría etológica cobraba un sentido más personal.

−Mírame. ¿Qué crees que me depara el futuro? Tengo treinta y ocho años y ya no me quedan fuerzas. No he conseguido nada. Miro a mi alrededor y sólo veo niñatos que lo pasan mucho mejor que yo. Cuando alguna noche me animo y salgo de copas, me doy cuenta que no tengo nada que ofrecer. Sé la impresión que produzco, sé que, cuando alguna chica me mira, me descarta inmediatamente. Tengo un convincente rostro de fracasado y las mujeres, ya lo sabes, huyen de los de mi especie. Al menos aquellas chicas que podrían interesarme. Nunca he sido guapo y tú me conoces. ¿Me has visto alguna vez con chicas poco atractivas? Pues no me queda otra. A partir ahora, acostúmbrate a verme con chicas que avergonzarían a los gorilas.

Por supuesto, traté de convencerle de lo contrario, ofrecerle otra perspectiva, aunque sin mucho convencimiento. Dijera lo que dijera, aquellos pensamientos eran el resultado de una lenta y minuciosa destilación de los negros humores de su experiencia. Poco había que hacer. Yo traté de explicarle que en estos casos es peligroso postular teorías sobre el mundo cuando uno está en horas bajas. Corres el riesgo de distorsionar la realidad, insistí.

−Pero para eso están las teorías, para huir de la infelicidad, que en mi caso es progresiva y sistemática. Lo peor de todo es que, venido el caso, no sería capaz de suicidarme. No sería necesario. Sé que puedo tragar más mierda, porque comprendo que mi caso no tiene ninguna relevancia. No es trágico. Sólo tengo que ir dejándome consumir, muy despacio, como Bartleby el escribiente.

No lo decía en serio. Desde nuestra época de estudiantes, sabía que su principal defecto o virtud –según las circunstancias- era su extrema capacidad para adornar con literatura cualquier acontecimiento de su vida. Sensible en extremo a los encantos retóricos de sus escritores favoritos, mi amigo era incapaz de reconocer que la realidad no se teje con palabras precarias. Así fue viviendo, como un difuso personaje sobre el teatro de sus propias confusiones, y hasta allí había llegado en su torpe carrera como segundón de novela. Lo extraño es que nunca hubiese intentando escribir aquellas chaladuras suyas, plasmarlas sobre un papel como otros lo habían hecho.

- No, nunca podría escribir nada de lo que me sucede. Lo dijo Gil de Biedma, aunque con otras palabras: no quiero ser poeta, prefiero ser poema.

Humo

La Organización Mundial de la Salud pretende clasificar para mayores de dieciocho años las películas en que aparezcan personajes fumando. Como cinéfilo, este propósito me parece rídiculo; al fumador que soy, negligente. Sin embargo, nadie nos librará ya de las huestes de salutíferos bienpensantes de nuestra actual farmacocracia. Para compensar esta circunstancia recupero un viejo poema adolescente. Dice, hum, así:

Mi cáncer navega agazapado
por el mar de mi sangre envenenada.
Mi vicio no tolera voluntad ni jogging
ni parches ni pastillas o primeros de enero.

Mi cáncer es mi amigo renegrido,
mi pulmón solitario, mi codicia de humo,
mi forma de decirle a la muerte
que juegue conmigo hasta la asfixia.

No hay nada de terrible en infartarse,
fumando espero el día que más quiero,
nicotinado, flemático con flemas,
tosiendo al miedo esputos de silencio.

Mi tos es mi proclama, mi bandera,
mi himno sordo y obstinado,
mi amor tuberculoso y lento,
también mi viuda arrebatada.

Mi tos es verso de Unamuno
-Salamanca rima con palanca-,
promesa de oxígeno y visitas
al negro hospital de lo incorrecto.


La poesía me ha abandonado, dejándome un no sé qué de rencor en mi pecho de prosista, una picazón lírica sobre mi espalda de nadador de fondo. No me llega el momento en que uno siente el poema, ese fogonazo inicial, esa epifanía de la palabra que les visita a los verdaderos poetas. Precisamente ahora, que ya me conozco los trucos, soy un tullido de la poesía.

Borracho

La leyenda del santo bebedor es una de las historias más contemporáneas que he leído en los últimos tiempos. La santa Teresita de Lisieux de la iglesia de Sainte Marie des Batignolles es nuestro caso particular, nuestra deuda con la vida. Como el clochard de Joseph Roth, nosotros también debemos restituir lo que un día recibimos. No lo haremos jamás y así nos perderemos en las incongruencias de la tecnología, el trabajo y las relaciones sentimentales (1). La deuda, en realidad, no tiene importancia. Sólo nos importa el vino de la felicidad.

(1) Qué horrible expresión.

martes, julio 12, 2005

Dead media

Todos ellos morirán de ironía porque dicen, y así lo señala David Foster Wallace: «¿Cómo se puede ser un iconoclasta bona fide cuando Burger King vende aros de cebolla con eslóganes como “A veces hay que romper las reglas”?». Lo explica muy bien cuando dice:

«Los rebeldes verdaderos, por lo que yo sé, se arriesgan a ser desaprobados. Los viejos rebeldes posmodernos se expusieron a los chillidos del asco: al horror, al disgusto, al escándalo, a la censura, las acusaciones de socialismo, anarquismo y nihilismo. Los riesgos actuales son distintos. Los nuevos rebeldes pueden ser artistas que se expongan al bostezo, a los ojos en blanco, a la sonrisita de suficiencia, al golpecito en las costillas, a la parodia de los ironistas y al Oh, qué banal. A las acusaciones de sentimentalismo y melodrama. De exceso de credulidad. De blandura. De dejarse embaucar de buena gana por un mundo de mirones y seres acechantes que temen al miedo y al ridículo más que al encarcelamiento sumario.

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (Mondadori), en su ensayo "E unibus pluram".

Rancho de guerra

Hoy es un día como cualquier otro, salvo por los golpes de los albañiles en la fachada de mi casa. No paran. Así llevan desde las diez de la mañana y, aunque intento disfrazar el ruido con los preludios de Bach, no consigo concentrarme. Así pues aparco la escritura de la biografía de Lorca que me han encargado y me dedico un rato a los fogones, dudando entre un cremoso bacalao al pilpil o un restallante y poco ortodoxo plato de huevos estrellados. Al final, menos convencido de lo que pensaba, aprovecho unos champiñones del día anterior y ejecuto un revuelto que me zampo con media vienesa. Como dice mi tío C., «comer va cobrando sentido a partir de los cuarenta». Yo aún no he cumplido los treinta, pero la gastronomía, la mera cocina de supervivencia, la gula zafia y tempranera, el ressopó de los viernes (luego de inflarme a copas de ron con cocacola), van afianzando los secretos pilares de mi paladar todavía inexperto.

Sin embargo, releyendo La casa de Lúculo, advierto que «la edad ideal para comer es la que media entre los quince y los treinta años, y desde los cuarenta para arriba hay que dar marcha atrás». Lo que me llena de satisfacción, pues a mis veintisiete aún estoy en edad, como compruebo al estudiar mi vientre, que aún parece una de esas tablas que antes se empleaban para lavar. El problema, apunta Julio Camba, es que «la edad de la comida nunca coincide con la del dinero», como es mi caso, aunque todos los viernes, con eficaz puntualidad, mi querido tío C. me agasaja invitándome a comer en algunos de los mejores de Madrid.

Mi tío, que no alcanza a Brillat-Savarin en refinamiento, estima que la cantidad es importante. Se sitúa, por así decirlo, entre el gourmand libre de escrúpulos y el gourmet que no rechaza unas patatas fritas de freiduría bien calentitas. Como aquellas de la familia Mingoarranz que solíamos comprar los domingos por la tarde en la plaza de Felipe II, cuando era un chaval, y que hoy, grasientas y rancias, me parecen decepcionantes. Es una lástima que sobre el negocio de los Mingoarranz, como en muchos otros, haya caído la maldición de la segunda generación. El sabroso aceite de oliva con que se freían entonces sus crujientes chips ha sido sustituido, intuyo, por la grasa del motor de un viejo dos caballos.

Todo joven gastrónomo que se inicia en su arte se debe a sus recuerdos lo mismo que un oficial de Napoleón se debe a Napoleón, que fue uno de los primeros genios militares en comprender el valor logístico de la patata.

Desde que Parmentier la introdujera en Francia, la patata ha avanzado una barbaridad. Tanto que la guerra que estos días se libra en Irak ha provocado curiosos cambios en ciertas nomenclaturas gastronómicas. Si es cierto que «no se puede hacer una buena política con una mala comida», como afirmaba Talleyrand, los congresistas estadounidenses, tras el feo que les han hecho los franceses en esto de la guerra, me han convencido de que son unos tipos insensibles a la delicia. Enfurruñados como niños contrariados, no han dudado en castigar al franchute: las patatas a la francesa se llaman ahora patatas a la libertad, que son las patatas fritas de toda la vida, pero aderezadas con un chorrito de doctrina Monroe y el indigesto perejil del macarthysmo. «América para los americanos», gritan hoy los estómagos del Imperio.

El Memo no sabe, pero yo sí, que las patatas son una de las armas tácticas más poderosas de la cocina occidental. Tanta importancia tienen hoy los escudos antimisiles del señor Rumsfeld como una buena guarnición de patatas. Son algo así como el arma de infantería de la cocina diaria. Y si digo esto es porque de un buen restaurante uno puede adivinar sus defectos por la manera en que el chef honra a mi querido tubérculo.

Ya lo decía el pesado de Brillat-Savarin: «El descubrimiento de un nuevo plato tiene mayor importancia para la felicidad de la humanidad que el de una nueva constelación». Pero el cielo hoy está despejado de dudas, las únicas constelaciones visibles las forman las cóncavas aeronaves del Memo: los invictos Apaches, los Blackhakws sin derribo y todo esa quincalla militar que se extiende por el desierto presagiando muertes. Muy mal lo de estos americanos, que han liado el petate sin olvidarse de sus McRatas y sus Yankees Donuts, esa repostería bastarda que desayunan los polis de las películas mientras se beben su café aguado de preocupaciones. Han llevado sus multinacionales hasta la vieja Mesopotamia para que los soldados sigan sintiéndose como en casa. Caen hamburguesas sobre Bagdad, pero en España prolifera el kebab, que es un bocado infiel. Lucha intestina e intestinal del civilizaciones, que diría Huntington. Aquí mismo, en Lavapiés.

Por lo demás, la cocina estadounidense se ha inventado sus propias tradiciones. El cóctail de langosta lleva catsup y se come con pan toast, por lo que no podemos incluirlo en la categoría de plato maestro. El chop suey tampoco, por ser una mezcla de restos tan china como la paella alemana o las tarta sacher de mi pueblo. El cocinero chino es muy hermético, no está dispuesto a halagar paladares extranjeros tan fácilmente. Como en las artes marciales, los estadounidenses son los pequeños saltamontes de la cocina china. Es como si Chuck Norris anunciara el wok en la Fox a las cuatro de la madrugada, mientras al otro lado, en la Casa Blanca, absorto en sus estúpidas estrategias, el Memo se atraganta con una galletita de la Nabisco: el efecto mariposa aplicado a la cocina.

Lo único estimable de la cocina estadounidense es la clam chowder, la célebre sopa de mariscos que inventaron los cólonos de Nueva Inglaterra a partir de las cocina tradicional de los indios, aunque para caldo el del zortziko de kokotxas y almejas de los sabios vascos, que está para ponerle un piso en la Castellana. Cabría incluir también las contundentes judías cocidas al estilo Boston, aunque nos recuerdan mucho a las fabes asturianas. Con estos dos platos los americanos de entonces sí pudieron forjar un país como Dios manda.

El Altísimo también toma cartas en este asunto, quiero decir que sanciona el menú, pues no olvidemos que el primer pecado fue también un pecado gastronómico. Ahí está la reluciente poma, la jugosa manzana con la que elaboran el patriótico american pie, sobre cuya sofisticada teoría disertaba un pulcro Kyle Machlalan en Twin Peaks.

Pese a la moral protestante de los wasp, los Estates es un país de pecadores muy originales. Yo, que no he leído a Hawthorne, he tenido ocasión de leer El crisol de Miller, y me pregunto: ¿Es que entonces comían tan mal aquellos valientes pioneros?

Si Camba, que en ocasiones se equivocaba, echaba pestes del garbanzo, aunque fuera de Tolosa, yo hago lo mismo con el apio. Con este vegetal que tanto gusta a las pellejudas que practican el aeróbic los estadounidenses fabrican la muy atroz ensalada de ave, que siempre se han imaginado muy francesa. Hoy, sacre bleu, imagino que la prefieren al estilo inglés por esas cosas raras de la diplomacia.

Pero uno sabe cómo son los ingleses. Lo único que tienen aprovechable, y aún con reparos, es el tradicional joint de buey, ternera o carnero con patatas y coles hervidas, asado en su propio jugo y sin sal. Nada comparable con el ossobuco (hueso con agujero) de ternera que tomé hace cinco años en un pueblecito del norte de Italia, país que, por otra parte, siempre pierde las guerras con el mismo espíritu que si las hubiese ganado.

Así que tomemos al Memo, que no sabe comer, pongámoslo al lado de Blair, que cumple a rajatabla la cuaresma al estilo británico, y podremos hacernos una idea de cómo va a ser esta guerra: trivial desde el punto de vista estratégico; mal condimentada de tropas; y muy indigesta en lo propagandístico. «Hasta ahora», ironiza Camba sobre el americano, «su mayor placer gastronómico se lo ha procurado siempre la goma de mascar, y en lo porvenir...».

En lo porvenir, añado yo, no sólo masticaremos chicle, comeremos también ensaladas Waldorf, que es el plato típico de los huéspedes del hotel que lleva su nombre y que fundó John Jacob Astor, un emigrante alemán hace ya la tira de años. Puedo imaginarme alimentado de tiras crudas de pecaminosa manzana y de execrable apio, todo ello anegado en mayonesa y nueces de California. Puedo imaginar la náusea, física y existencial, que mi producirá su ingesta. Seré, como describió Céline, «un muchacho sin importancia colectiva, exactamente un individuo», pero condenado de por vida al bicarbonato de sosa.

De mi diario de 2003.

De visita

Me dejo caer por casa de J. M. y C. A.. Los sorprendo en plena faena culinaria, aunque son casi las cinco de la tarde. En el salón, rastros de una noche agitada y, muy probablemente, divertida: ceniceros rebosantes de colillas, botellas vacías, hebras de tabaco diseminadas por la mesa, discos, papel de fumar. Les pillo, por así decirlo, desprevenidos, un poco apurados por tanto desorden. Aunque se han levantado hace un par de horas, quieren dar la impresión de que han aprovechado el día, como disculpándose de su inactividad en este lunes anodino, demasiado otoñal para emprender proyectos serios y productivos. Yo también me siento culpable de descubrirles en plena resaca, pero se alegran de verme y al rato ya estamos hablando como siempre de cine. J. ha puesto la cinta de Matar a un Ruiseñor, que evoca en mí un cierto tiempo de mi infancia, lo que me levanta el ánimo, ayudándome a soportar este día en que me siento un poco desolado. La cinta, grabada hace cinco o seis años, incluye los cortes publicitarios de la época y me doy cuenta de lo rápido que sucede todo. Viejos y desgastados spots que ya no recordábamos y que nos han mostrado los signos inevitables de un tiempo muy concreto, esos cuatro o cinco meses de entonces, pero con esa anacronía que hoy los hace imposibles e inútiles. Algo siempre arrastra al espíritu de nuestra época, se ve en estos anuncios, síntesis apresuradas de lo que fuimos durante un breve tiempo.

Costumbrismo

Veo los mismos personajes por mi barrio. La primera vez que la vi pude fijarme en su tranquilos vagabundeos, sus largas y pacientes esperas en los bancos, la extraña elegancia de su falso abrigo de piel de tigre, sus rastas deshilachadas, su mirada extraviada. Es negra, inmigrante, mujer y ya no es joven. Lo tiene difícil, pienso. Qué es lo que hará aquí, cómo vino, dónde duerme, quién le habla. Un misterio. Es bastante probable que no pronuncie una palabra en castellano, y que esté loca. Aunque la locura sólo es un punto de vista, una mirada sin retorno, ya que es probable que esta mujer proceda de un lugar donde se mostraba enteramente cuerda. Es este lugar, en este mundo que no comprende, lo que la encierra en un laberinto en el que ninguno de nosotros quiere perderse. Me recuerda a mi madre.

También la vieja esa, un poco celestina, piruja, que vende abalorios. Lo hace incansablemente, a todas horas, en los bares y terrazas, con ese renquear achacoso que tienen las viejas trotadoras. De su antebrazo cuelgan como lianas decenas de collares de cuentas brillantes, pulseras y toda la ínfima quincalla que consigue en los cientos de tiendas al por mayor de Lavapiés. Es raro que no la vea al menos dos veces a la semana, inevitable, en algún garito, gritando el precio de su mercancía. Imagino que el negocio funciona. Ya puedo imaginármela todas las noches recontando alegre las monedas en un pequeño pisito de Embajadores -un gato es su única compañía- mientras en la cocina bulle el guiso en el puchero y la televisión escupe sus últimas novedades. Un verdadero tipo barojiano que sólo existe en la novela de este barrio que parece funcionar sólo.

Un viejo caballero español

A. de M. es alto, con algo de hidalgo del Nuevo Mundo en su perilla entrecana, cervantino en su forma de levantar la copa, entre amistosa y displicente. Ha atravesado la edad de los juramentos, ya no se promete nada. Se ha quedado, sólo en la barra, con su escepticismo bénevolo y aguardentoso y ya sólo habla hacia atrás. Yo le pregunto con curiosidad de bachiller, fascinado por sus derrotas -que él no ignora-, dejándome tutelar por su experiencia, su buena conversación y gran sentido del humor. Es un periodista de linotipia al que el ordenador le estraga. De internet no habla maravillas, pero asume que es lo que se lleva ahora. De lejos, podría parecer que está acabado, pero a mí me da que un día de estos, cabreadísimo, se pondrá farruco con los compañeros de esa quinta de la que se ha quedado descolgado, como un ciclista al subir el puerto de los triunfos. Es su soberbia, me cuenta, lo que le ha impedido bajarse los pantalones.

Bullying

No debo olvidar los cientos de humillaciones que en mi infancia inflingí al gordo Irureta, la saña extrema con la que lo insultaba, la soberbia y la superioridad con la que, día tras día, con la complicidad de mis compañeros, condené las adiposidades de aquel muchacho cuya inocencia aún perturba mi conciencia. Pasa el tiempo, pero cada día me cuesta más olvidar aquellas maldades.

Bajo la lluvia

El asfalto, cuando llueve, parece regaliz, y el sonido que producen los neumáticos de los coches se asemeja al de la golosa ansiedad de un niño.

Autorretrato

Releyendo El cuaderno gris caigo en la cuenta de que yo nunca me he retratado sobre el papel. Quiero decir que carezco de fotografía y que alguien que no me conociera y leyera estas líneas no podría hacerse una idea de mi aspecto. Siguiendo el ejemplo de Pla, trazaré los principales rasgos de mi fisonomía:

La impresión que produce mi presencia vista a lo lejos es la de un individuo de andares elásticos que a menudo camina demasiado rápido para lo que realmente tiene entre manos, nervioso y un poco tímido, como demuestra su costumbre de caminar arrastrando la mirada por la acera. Alto, sin resultar grotesco, el que escribe tiene, como se suele decir, un buen tipo. Ancho de hombros, los brazos largos, cintura estrecha (quizá demasiado) y cuello musculado, a este tipo se le nota que ha frecuentado los gimnasios tres veces por semana, aunque afortunadamente no posee las líneas de uno de esos ridículos fantoches hipertrofiados y nalgudos que suelen lucir parné en camiseta. Las piernas, aunque fuertes, son finas, levemente exagerados los gemelos. Los muslos, apenas sin sustancia. Tiene buen cráneo, redondo cuando se lo contempla de perfil, más alargado cuando te mira de frente, y una mandíbula fuerte y un poco eslava.. De esta forma, sin tener los pómulos demasiado altos, sus mejillas parecen hundirse, otorgándole un aire de serio ascetismo o de guapo que no se anima a serlo del todo. La barbilla, un poco aguda y con hoyuelo a lo Kirk Douglas, colabora en esta función. Sí, es atractivo, pero el conjunto se le estropea un poco por la dentadura irregular, un poco amarillenta del tabaco, en la que luce una melladura pasoliniana. Los labios no destacan y suelen permanecer rectos, pues están poco acostumbrados a la sonrisa. En ocasiones pueden resultar mezquinos, como si rumiaran alguna maldad de tercera categoría, apenas un putada entredicha. Los ojos negros y mates suelen mirar con fijeza e inteligencia, pero es fácil sorprenderlos en toda su esplendorosa ingenuidad y apurada timidez. Pueden ser cálidos, pero lo habitual es que miren con distanciamiento, orgullo y esa frialdad que la naturaleza concede a los seres de costumbres solitarias. En ocasiones, luce una barba negra y brillante, aunque poco convincente, como de forajido insidioso que muere al empezar la película. De perfil la nariz es severamente recta, rematada en punta, pero su base es demasiado ancha, como si no se decidiera a ser griega o negroide. Este individuo tiene el culo vago y escurrido como el de un efebo, algo que suelen advertirle con frecuencia. En conjunto, rematando la figura, las manos, delicadas y fuertes, pálidas y venosas, con pocas dotes para acompañar una conversación, tienen algo de gótico sombrío, de vampiro sediento de sangre. Y es que la luz, reflejada en su piel de cirio episcopal, parece obstinarse en una blancura mortuoria, como si, efectivamente, los rayos del sol pudiesen reducirme a cenizas.

Inevitablemente, el autorretrato que acabo de hacer, aunque se aproxima al original, tiene un par de pinceladas que sugieren cierta vanidad, aunque muy poca, pues casi me parece un insulto que me puedan tachar de guapo. Así que introduciré algunos matices. Vuelvo así a mi mandíbula, de líneas acusadas y depredadoras, que no creo guste a todo el mundo, quizá por demasiado ancha. O mi nariz, que tal vez no sea todo lo griega que uno querría y tienda más a la impertinencia, a una puntiaguda insolencia de pollo de opereta. El cuello no es el de un toro, aunque exhibe una firmeza a prueba de estrangulamientos, siendo al mismo tiempo flexible y fibroso. No he mencionado los lunares, repartidos por toda mi anatomía y de los que tendré más de cien en los lugares más insospechados: la cuenca de los ojos, la nuca, los pies. Parece como si me hubieran arrojado una salpicadura de pintura con una brocha.

lunes, julio 11, 2005

Daniel Dravot y Peachy Carnehan

Así se llamaban los dos buscavidas que interpretaban Sean Connery y Michael Caine en El hombre que pudo reinar. No he leído el cuento original de Kipling, pero me basta el recuerdo que tengo de la primera vez que vi esta película en televisión, cuyo imborrable final me parece uno de los más emocionantes que he visto en mi cinéfila vida. Ahí tenemos a Daniel Dravot (Connery), rey de Kafiristán, enfilando un puente colgante, mientras entona una vieja tonada militar instantes antes de precipitarse al vacío. Peachy, el escuderil Peachy, lo mira con lágrimas en los ojos. Parece estar diciendo: Ah, Dravot, lo hemos pasado bien, hasta tú has sido rey. Ahora llegan malos tiempos, cantemos antes de morir.

Los londinenses no han cantado ni han mostrado el alegre estoicismo de Daniel Dravot y Peachy Carnehan. Sí la templanza ante el infortunio, que es una virtud muy anglosajona. Nada de aspavientos, tarea muy española, en los días siguientes a la matanza. En Londres, todos a lo suyo, como si nada. Aquí purgamos nuestras desgracias con alharacas, bravatas y juramentos. No sé por qué, pero hay en todo esto una puntita de envidia que no sé como aliviar. La noto, por ejemplo, en la edición dominical de El País, leyendo a Enric González, cuyas impresiones extracta mi amigo J. en su blog.

Addenda: El nombre de Michael Caine aparece dos veces en este blog en menos de una semana. Pura coincidencia. La mejor definición que he escuchado sobre este actor la encuentro en una de sus últimas películas, Shiner, donde puede escucharse algo así: "Este tío tiene tanto talento que hace que jugar a la lotería parezca algo con clase".

Vida de Tristán Montesinos (VII)

Donde se refieren los heroicos intentos de nuestro joven

Eran tiempos cutrísimos. La memoria se me empantana cuando pienso en lo que fui y en lo que verdaderamente quería ser. Aún recuerdo a mis héroes de entonces, aconsejándome llevar una vida aventurera, dichosa de chicas guapísimas, amigos inseparables y enemigos a los que siempre podría vencer. Entonces Michael Knight parecía que estaba a mi alcance. Al fin y al cabo, si uno quiere ser como el Capitán América, alguien, y yo no sabía quién, tenía que inyectarme el suero de supersoldado. Un chico de Iowa tendría más posibilidades que yo de convertirse en el Capitán América, un chico de Iowa o de Boston que, como el original, hubiese sufrido poliomelitis. Yo estaba perfectamente sano, así que en mi modestia elegí convertirme en Michael Knight. ¿Quién iba a ser yo? ¿El Capitán Hispania?

Michael Knight me parecía el hombre más simpático, elegante y divertido del mundo. Cómo me podía reír con aquellos chistes que soltaba en medio de una persecución, justo antes de pulsar el botón Turbo Boost; o las conversaciones picantotas que mantenía con Bonnie, la mecánica del camión base que lo recogía a mitad de episodio. Me parecía que todo aquello representaba el verdadero espíritu aventurero, así que yo trataba de imitarle en todo y para ello no escatimaba medios. Me cardaba el pelo con la laca de mi tía Pilus, me ajustaba el cinturón para marcar cadera con mi pantalón Caroche y me desabrochaba los tres primeros botones de mi camisa de franela a rayas. Sí, cada día me parecía más a Michael Knight, con esos andares impetuosos y esa marca inconfundible de virilidad que asomaba en su pecho hirsuto. Lo único que no me gustaba de la serie era el viejo ese, Devon, que me parecía un poco rarito con sus engolados trajes de tweed.

Cierto que en el colegio se reían de mí por mis heroicas pretensiones. La opinión de la mayoría nunca me ha interesado, así que yo pasaba de los chicos que querían ser como los de Comando G, esos mamarrachos vestidos como buitres que aparecían en televisión los domingos por la tarde. Aprendí mucho sobre las mujeres con Michael Knight: soltar piropos con gracia, ladear la sonrisa y apoyar el codo con estilo sobre el capó de un coche. Sólo que yo entonces no tenía coche. Tenía que imaginarme que mi bici era aquel portento automovilístico que solía soltar las mejores frases de cada episodio. Cuántos derrapes, cuántos saltos arriesgué antes de pulsar los botones de la calculadora que sujeté en el manillar con cinta aislante para simular el fantástico cuadro de mandos del coche de mi héroe favorito.

Vida de Tristán Montesinos (VI)

Donde nos aventuramos en sus cuitas religiosas

Nunca compartí las ambiciones opusdeísticas de mis abuelos. Aquella casa era un eterno cónclave de beatas y, por lo que a mí me tocaba, jamás sentí aprecio por las turbias enseñanzas que intentaba transmitirme mi tía Pilus. Cuando cumplí siete años, tuvo el detalle de regalarme un libro de Tomás de Kempis, Imitación de Cristo. “Si todos los años extirpáramos un solo vicio, pronto llegaríamos a ser hombres perfectos”, solía repetirme cuando me portaba mal. La Pilus me aplicaba a rajatabla los principios de este curilla de los Canónigos Regulares de Windesheim. Y yo, que mi temor se incrementaba por mi ignorancia, solía fingir un entusiasmo que secretamente reservaba para los payasos de la tele.

¿Vicios?, pensaba yo. Yo no tenía ningún vicio, porque lo que había entre Mariví y yo no podía considerarse pecaminoso. Pensaba que mi familia, hiciera lo que hiciera, estaba a salvo de la condenación eterna. Así me lo había explicado mi tía Pilus, alias señorita Peabody, el día que me enseñó un papel de la nunciatura en el que se nos aseguraba que en no sé qué región de África una aldea entera rezaba todos los días por la salvación de nuestras almas. “Qué buena gente los negritos”, me explicaba la Pilus, “sobre todo desde que les regalamos aquella figurilla de Santa Teresa”. Yo no podía imaginarme aquello. ¿Los negros del Colacao rezando por mí? Entonces no se me ocurría que el Papa les hubiese podido timar con aquel papelote absurdo en el que figuraba un nutrido programa de rezos:

Maitines: Tres padrenuestros, dos avemarías y una salve.
Laudes: Dos vueltas de rosario.
Prima: Diez padrenuestros y media docena de peticiones para las almas de nuestros familiares del purgatorio. Es decir, mí tío abuelo Tristán, que empinaba el codo.
Tercia: Dos vueltas y media de rosario y un credo cantado por los niños cantores de Mombasa.
Sexta: Cinco padrenuestros aderezado con varios himnos, entre ellos Padre nuestro tú que estás, versión de Simon y Garfunkel advertía el documento. “Esos dos rojos ateos”, como los llamaba mi abuela.
Vísperas: Plegarias y genuflexiones consagradas al Altísimo.
Completas: Danzas tradicionales en honor a sus protectores, la ilustre familia Montesinos.

Los miércoles la Pilus se apretaba su moño reseco e invitaba a todas sus amigas de la parroquia, entre las que se incluía un torpe seminarista que, como en las novelas, se atiborraba de pastas y anís mientras a todo decía que sí. Solían hacerlo en uno de aquellos impecables salones que nunca se utilizaban y donde se perpetraban auténticas orgías religiosas. Entretanto, mi abuela se comportaba como una de esas saloniers francesas que coleccionaban guapos enciclopedistas, pero con ese descaro tan característico de las puritanas de vanguardia. Sólo que ella coleccionaba elogios por la exquisita e inútil vajilla de loza de Talavera o las deliciosas figuras de angelotes repolludos que parecían fueran a anunciar la buena nueva. Su tema favorito era el divorcio, aprobado ese mismo año, discusión a la que mi abuelo, teniente de aviación durante la guerra, se sumaba con ardor patriótico en las pocas ocasiones en que volvía a lucir su uniforme de general honorífico.

A eso se había visto reducido mi abuelo después de sus esfuerzos durante la contienda. Ascendido a teniente piloto por un coronel alemán de la Legión Cóndor, pocos días antes del bombardeo de Guernica tuvo ocasión de hacer varias pasadas por las carreteras de Gerona, infestadas de comunistas que huían a la vecina Francia. “Ratatatatá”, exclamaba mientras simulaba una aerodinámica incursión en su memoria histórica. “Como corrían los muy cabrones. Aquel día pude haberme abatido a muchos más. Lástima que fallara el motor de mi Messerchmitt. No serían menos de treinta, quizá cuarenta. Sí, cómo corrían los pobres desgraciados…”

Yo le escuchaba asombrado, mientras trataba de imaginarme el aspecto de un comunista. Viéndolo en aquella circunstancia, rodeado de viejas intrigantes, mi abuelo parecía un poco perdido. Los negocios, que había dejado en manos de sus hijos, iban mal. No sabía entonces, ni lo sabría nunca, que sus hijos, exceptuando mi padre, eran una patulea de golfos que fueron royendo el ingente patrimonio familiar que mi abuelo amasó en los años posteriores a la guerra, cuando comenzó a traficar con wolframio. Yo de eso no sabía nada, les tenía cierto aprecio a mis tíos, que solían bromear con las asuntos de la familia, así que sus visitas, aunque escasas, solía recibirlas con ilusión, sobre todo las de mi tío Rafa, que tenía cuatro hijas rubias y muy inglesas que me parecían guapísimas. Años más tarde, ya crecido en mis impulsos naturales, no me olvidaba de ellas cuando me ejercitaba en el vicio solitario y pude dedicarles unas líricas eyaculaciones que entonces me parecieron muy satisfactorias y relajantes.

viernes, julio 08, 2005

Insert coin (II)

La historia de los videojuegos se remonta a 1958, cuando Bill Nighinbottam desarrolló una versión electrónica de un juego vagamente parecido al tenis. La idea original, representar los movimientos de tropas en una pantalla, se transformó, gracias a los delirios lúdicos de su inventor, en el prototipo de lo que hoy conocemos como videojuego.

Frank Sinatra, en 1971, haría los honores en televisión al presentar el primer videojuego comercial de la historia, el Magnavox Odyssey, que podía conectarse a la televisión tal y como hacen ahora las consolas de última generación. Queda así fijada la fecha oficial del nacimiento de un fenómeno que pronto inspiraría a un puñado de programadores. Es el caso de Nolan Bushnell y Ted Dabney, creadores de la primera compañía de maquinas recreativas de monedas, la archiconocida Atari, que en 1972 presenta su primer éxito: Pong.

¿Qué es lo que ha sucedido en los últimos treinta años?

Pueden visitar pulsando aquí una esquemática, aunque bien documentada, historia de los videojuegos.

miércoles, julio 06, 2005

La nariz de Diego Peretti

No sos vos, soy yo es un centón de otras películas. Nos remite a las divertidas paradojas de Hannah y sus hermanas, en la que Michael Caine adopta la figura del cincuentón perdidamente enamorado de la hermana menor de su mujer, uno de los mejores papeles masculinos creados por el neoyorquino y con el que uno jamás podrá dejarse de identificar. Especialmente divertida es la secuencia en la que vemos al actor británico corriendo por las aceras de Nueva York con la intención de hacerse el encontradizo con la guapísima Barbara Hershsey.

Más cáustica y violenta fue Maridos y mujeres, acaso uno de las grandes películas de los noventa. Esta última contiene escenas memorables como la que protagoniza Sydney Pollack en una fiesta de intelectuales. Allí se presentará con su nueva novia, una profesora de aeróbic que le dejará en ridículo al hablar, ante toda intelligentsia de Manhattan, de temas tan incuestionables como la astrología y la conveniencia del tofu en la dieta macrobiótica. Una película que también recordaremos por la participación de esa gran actriz llamada Judy Davis, mi favorita de todas con las que ha trabajado el director judío.

Woody Allen ha ido creando su comedia humana particular en una serie de filmes que otros directores no han dudado en imitar, lo cual no es necesariamente malo. Transferencias artísticas que han llegado también a nuestro país en películas como Los peores años de nuestra vida, en la que Gabino Diego se nos muestra como un adolescente neurótico y fracasado, versión moderna del zangolotino castellano.

No sos vos, soy yo no puede ocultar su genuina estirpe alleniana. El protagonista, Diego Peretti, en su puro atolondramiento amoroso, se nos muestra como un Woody Allen porteño, narigudo y cándido. Y la cosa podría funcionar si no fuera porque el guión, correcto, parece un catálogo de situaciones ya vistas o, lo que es peor, ya imaginadas por el espectador contemporáneo, que gasta una ironía audiovisual a prueba de sorpresas. En cualquier caso, Peretti, al que no conocía, se descubre como un excelente cómico. Pese a todo lo dicho, la película se puede ver.

martes, julio 05, 2005

Insert coin (I)

Cada día estoy más convencido de que las grandes narraciones no las produce ni el cine ni la literatura. Se están produciendo en estos momentos en los departamentos de producción de las compañías de videojuegos. Sé de amigos a los que mis palabras les parecerán exageradas, necias o perfectamente vanas, pero mi convencimiento me lleva a explicar las razones de esta conclusión.

A los aficionados a los videojuegos les ha pasado lo que a Azorín con el cine, que se avergonzaba de su secreta afición. En aquellos años, los años del escritor alicantino, el cine carecía del dorado prestigio que goza en la actualidad, tan llena de cultísimos cinéfilos que no se pierden una. Cada época tiene sus Moloch, y la nuestra lo ha encontrado en esta forma de expresión que muchos dudan posea virtudes artísticas.

Los videojuegos, en efecto, poseen cualidades artísticas, pero no hay un Umberto Eco, un Marshal McLuhan o un François Truffaut para darle una pátina culturalista a este fenómeno tan característico de nuestra época. La crítica de videojuegos, cuando es positiva, apenas se dedica a ensalzar las características técnicas del producto. Cuando es negativa… Entonces no falta quien alce la mano para advertir sobre su propia naturaleza corruptora, su virtualidad platónica y el resto y lo demás. Son como eunucos hablando de doble penetración.

No me interesa convencer a todos aquellos que jamás se han echado una partidita al Tetris, videojuego que desde su génesis encerró todas las contradicciones de la época en que se creó (su autor, el matemático ruso Alexei Pajitnov, vendió la patente al gigante japonés Nintendo por una suma ridícula, en una época especialmente difícil para el régimen soviético). Mi finalidad no es dignificar un medio que ya factura más dinero que la industria del cine. No soy un otaku (1), mi vida es ridículamente normal y me gustan los videojuegos por la sencilla razón de que son muy entretenidos. Como un buen libro de poemas, como una película de Rohmer, como un lienzo de Caravaggio.

El problema es que lo ignoramos todo sobre el mundo del videojuego. Incluso aquellos que pasan horas jugando a sus videojuegos favoritos ignoran mucho de lo que sucede en torno a ellos. En nuestro país, lo peor no es nuestro desconocimiento, que es total, sino la displicencia y ligereza con la que se ha tratado el asunto. La historiografía, las instituciones, las universidades (exceptuando la Pompeu Fabra, que ya posee una cátedra en creación de videojuegos) han obviado sistemáticamente una realidad aplastante: el talento ha empezado a emigrar. Y no precisamente a nuestro país, que en los años ochenta era toda una potencia creadora en lo que a computación doméstica se refiere, cuando más de una docena de compañías (Dinamic, Ópera, Topo, etc), fundadas por jóvenes visionarios, dominaban los joysticks de toda Europa.

(1) Otaku (o ikikomori). En Japón, se denomina así a los individuos que no salen nunca de casa. Parece ser que la extrema presión a la que se someten los jóvenes nipones en sus colegios y universidades de cara a su futura vida de adulto, les ha llevado a muchos a negarse a salir de su habitación. Hay más un millón de jóvenes otakus en Japón y el fenómeno ya se considera una epidemia. Tradicionalmente, se les considera unos fanáticos del manga, del anime y los videojuegos. En Europa posee otras connotaciones y define al "freak" que se alimenta de cualquier tipo de subcultura, ya sean videojuegos, juegos de rol, comics, etc.

Comemiedos

Siempre sin avisar, comienza con un estrangulamiento en la garganta. Tras un golpe de calor, desciende hasta el pecho. De aquí se extiende por todo el cuerpo, que se convierte en un laberinto de nervios a punto de reventar. Lo peor es que no puedes respirar, como si en el aire se hubieran formado pesados grumos de angustia. Un sudor frío te acaricia la nuca y varias salvas de pequeños pinchazos en el pecho nos recuerdan que estamos a punto de morir.

Lo cierto es que no estamos a punto de morir, pero la sensación debe de ser muy parecida. Porque su esencia es la precariedad mortal en la que nos sitúa, la ambigua necesidad de querer seguir viviendo y pensar que todo acabará en cualquier momento. Es un miedo atroz a contemplarnos en soledad, incomprendidos, por un trastorno físico que se apodera de nosotros, araña pánica que nos inocula el veneno de nuestra propia extinción.

Suele asaltarnos en momentos insospechados, sin motivo aparente, como un minucioso francotirador que espera cobrarse a su víctima de un sólo disparo. Un disparo que suele dejarnos un sabor a metal en el velo del paladar. Es la adrenalina en nuestra sangre, ordenándole al corazón que galope sobre los países del miedo. Allí nos espera un terrible juggernaut que se ríe de nosotros, imparable.

Y hay que vencer sin luchar.

Relajar la respiración, casi entrecortándola. No respirar profundamente ya que, como el fuego, necesita oxígeno. No tratar de pensar en otra cosa, es mejor entregarse. Deja que pase a trávés de ti, invítale a entrar, dile: "Aquí estoy, querido amigo, ya me dirás". No te quiere a ti. Quiere tu miedo.

Lo aprendí hace más de diez años, tras un infierno de ansiedad que duró tres meses. De vez en cuando vuelve, ya sin ánimo, con la poca convicción de un enemigo varias veces derrotado.

viernes, julio 01, 2005

Expulsando a los bárbaros

Paseando por la calle Embajadores al anochecer, escoltado por amigos solícitos, compruebo cómo han cambiado las cosas. A esa hora en que Lavapiés se despereza, caminamos entre razas como extranjeros recién llegados. Dicen que ésto no durará mucho, que los bárbaros serán expulsados más allá de las fronteras de la ciudadela. Y ellos, los romanos, "reunidos en el ágora", vendrán con sus leyes y dirán: "los bárbaros no existen".

Qué será de nosotros sin bárbaros, se preguntó Cafavis.

Algún día un niño chino (o africano) contará su historia, y caminaremos por una ciudad distinta. Hasta entonces no comprenderemos.