85 maneras de anudarse la corbata
¿Qué ciencia puede tener el nudo de la corbata? Mucha, responden Thomas Fink y Yong Mao, dos físicos de Cambridge que han empleado el modelo del movimiento atómico y las matemáticas para descubrir nuevas formas de estrangulamiento estético, algo que hubiese maravillado a Lewis Carroll, demente de la lógica. ¿Y qué han conseguido? Pues 83 estilos, 83 maneras de llevar corbata, 83 ejemplos de física aplicada a la elegancia.
Obviemos la pregunta de si tantos nudos son necesarios. No son convincentes las argumentaciones a favor de un número tan elevado de nudos, entre el que no se incluye el nudo de la horca, íntimo y fatal. Dejémonos llevar por las posibilidades y la combinatoria y, sobre todo, el placer de perder el tiempo con la patafísica. Si los nudos marineros sujetan bien las velas de los barcos y, además, son un juego, ¿por qué no habría de serlo esos otros que ciñen nuestras gargantas?
Fenomenología
La corbata. Asunto grave y de la máxima importancia en nuestra civilización, porque es un hecho que los animales nunca la han llevado. Por tanto, diremos que la corbata es un asunto exclusivamente humano y admite diferentes categorías. La génesis de la corbata, documentada por el The Art of Tying the Cravat (1828), comienza con la desaparición de la chalina, tan querida por Valle-Inclán, aunque hasta mediados del XIX la corbata no fue realmente una alternativa.
Según Fink y Mao, el primer nudo de corbata fue el “four-in-hand”, descubierto por los ingleses a mediados del siglo pasado. De esa remota fecha hasta el año 1997, cuando apareció el nudo Pratt, han pasado 150 años y, aunque cueste creerlo, no ha evolucionado mucho desde entonces. Se le atribuye al duque de Winsord la invención del nudo homónimo y su versión menos elaborada, el medio-Windsor. Pero poco más ha ocurrido.
Precisamente, en esto de la corbata los ingleses tienen mucho que decir, como sir Hardy Amies, quien en El traje del caballero inglés afirma: “Si nosotros, los británicos, no podemos atribuirnos la invención de la corbata moderna, ninguna otra nación puede hacerlo”. Esta forma de chauvinismo textil tal vez no tenga fundamento histórico, pero cuadra muy bien con las antiguas maneras inglesas, incómodas cuando se aplicaban a la vida cotidiana. Ese afán por complicarse la vida, apuntó Julio Camba, podía apreciarse también en las duras camas británicas.
Ese es el asunto, la incomodidad, de la que surge la elegancia. La corbata es una molestia, un trapo inútil del que podría colgar una piedra. La elegancia de la corbata no es innata, no se origina en la fábrica, sino en el estoicismo de su usuario. El maestro en el uso de la corbata hace notar, sin que se le note, que es una prenda casual, liviana y soportable.
Cuánto lástima nos produce el contemplar al hombre cuando, sofocado por una comida copiosa, decide aflojarse la corbata. Qué falta de dignidad, que ausencia de respeto por su propia imagen. Debería anotarse como falta grave, lo mismo que aliviarse de la americana en las mismas circunstancias.
Fink y Mao, hombres muy documentados –y a los que partir de ahora honraremos-, observan que desde el principio el hombre siempre sintió la necesidad de abrigarse el gaznate y nos muestran el primer testimonio, un soldado chino de terracota con un pañuelo anudado, versión primitiva que aún emplean chulapos, griposos y “cow boys” . Después del pañuelo, observan, bien pudo ser la gorguera, que popularizó Enrique VIII, aunque no han reparado en la posible relación de este atavío con el divorcio o la decapitación. En todo caso, esas peanas escaroladas que convertían a sus portadores en bustos vivientes son inseparables de figuras tales como Felipe II o Cervantes, que, como saben, fueron personajes muy importantes.
Ha habido, no obstante, periodos en la historia en los que cubrirse el cuello no estaba bien visto. Horacio consideraba “afeminado o enfermo” aquel que se lo cubriera con la toga o la mano, aunque al legionario, sometido a las inclemencias del tiempo, le estuviera permitido. Roma, a pesar de su gloria, también cometió errores.
La etimología de la palabra croata es “cravate”, término francés para designar la chalina. Es sorprendente cómo se originan las palabras, porque durante la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) el rey Luis XIII ordenó reclutar a un puñado de croatas para que ayudaran en la lucha contra los Habsburgo. Estos esforzados héroes llevaron las primeras chalinas al campo de batalla por primera vez en la historia . Suponemos que algunos sastres militares apreciaron las cualidades de la prenda de estos hombres rudos, porque The Oxford English Dictionary registra la palabra inglesa “cravat” y la relaciona con “croat” (croata). Sea como fuere, estos valientes pusieron de moda la “cravate”.
Si queréis saber más sobre el asunto consultad Las 85 maneras de anudarse la corbata (Debate), de Thomas Fink y Yong Mao, que han sabido casado felizmente la abstracción matemática con la vanidad humana, del que es alto ejemplo este libro.
Pragmática
“Anudarse la corbata es el primer paso importante que uno debe dar en la vida”. Sí, era ésto, y lo dijo Oscar Wilde, maestro de dandis y de villenas. Pero no supo –su mente era aguda, pero no matemática- que el calculo infinitesimal y el descubrimiento del núcleo del átomo de Rutherford podían ofrecer perspectivas distintas al "four-in-hand", al Windsor y al reciente nudo Pratt.
Las hipótesis de la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad son, hoy por hoy, incompatibles. Los físicos teóricos, que piensan mucho, llevan años intentando conciliar estas dos formas de concebir el universo. No parece que hayan avanzado mucho. A lo más hablan de la “teoría de las cuerdas” en un intento desesperado de ordenar el caos que nos envuelve.
Fink y Mao, conscientes de sus limitaciones intelectuales, han aplicado la “teoría de las cuerdas” a las corbatas y no les ha ido mal. No lograrán el Premio Nobel, pero contribuirán con argumentos objetivos a la aparente arbitrariedad de las pasarelas de moda y a la locura de Galiano, huérfano de razones. Se trata de ordenar el caos a una escala menor, pero más relevante que la cuadratura del círculo.
Según “The Ashley Book of Knots” que citan en esta obra, el nudo “puede aplicarse a todas las formas que adquiere una cuerda, excepto las más accidentadas, como las marañas y los rizos y otras complejidades”. Si conocemos este axioma, concluimos que todos los caminos conducen a Roma y que hay tres tipos de nudos:
-El nudo llano o “half-hitch”.
-El nudo de rizo, que suele confundirse con el “granny”, y es poco útil.
-El nudo corredizo, más seguro que el “half-hitch”.
Estos modelos han sido los más empleados en la historia para liar pañuelos, golas, gorgueras y chalinas, constituyendo la estructura básica de los nudos. A partir de aquí, es posible todo estrangulamiento. No obstante, pese a su belleza intrínseca, omitiremos todos los pasos siguientes, porque su explicación rebasaría los límites dignos de legibilidad de este comentario. Así que iremos al grano.
El libro tiene un gran número de ilustraciones y fotografías para que el lector pueda guiarse por este cafarnaúm. Puede complementarse la lectura con la práctica simultánea, por lo que se recomienda tener a mano una corbata. Cada uno es responsable de sus gustos; los autores no especifican ni el color ni el tejido. A cierto conocido periodista ya retirado no le resultará difícil escoger un ejemplar reventón y colorista.
Bien equipados y con el libro en la mano, podrán ensayar el elemental “nudo de tres movimientos” (llamado también oriental), el ya citado nudo de cuatro movimientos (four-in-hand), el Plattsburgh , el Cavendish, el San Andrés... Así hasta 83 tipos. Todo depende de su narcisismo, del tiempo que esté dispuesto a perder o de su habilidad. Francamente, algunos son muy difíciles.
Obviemos la pregunta de si tantos nudos son necesarios. No son convincentes las argumentaciones a favor de un número tan elevado de nudos, entre el que no se incluye el nudo de la horca, íntimo y fatal. Dejémonos llevar por las posibilidades y la combinatoria y, sobre todo, el placer de perder el tiempo con la patafísica. Si los nudos marineros sujetan bien las velas de los barcos y, además, son un juego, ¿por qué no habría de serlo esos otros que ciñen nuestras gargantas?
Fenomenología
La corbata. Asunto grave y de la máxima importancia en nuestra civilización, porque es un hecho que los animales nunca la han llevado. Por tanto, diremos que la corbata es un asunto exclusivamente humano y admite diferentes categorías. La génesis de la corbata, documentada por el The Art of Tying the Cravat (1828), comienza con la desaparición de la chalina, tan querida por Valle-Inclán, aunque hasta mediados del XIX la corbata no fue realmente una alternativa.
Según Fink y Mao, el primer nudo de corbata fue el “four-in-hand”, descubierto por los ingleses a mediados del siglo pasado. De esa remota fecha hasta el año 1997, cuando apareció el nudo Pratt, han pasado 150 años y, aunque cueste creerlo, no ha evolucionado mucho desde entonces. Se le atribuye al duque de Winsord la invención del nudo homónimo y su versión menos elaborada, el medio-Windsor. Pero poco más ha ocurrido.
Precisamente, en esto de la corbata los ingleses tienen mucho que decir, como sir Hardy Amies, quien en El traje del caballero inglés afirma: “Si nosotros, los británicos, no podemos atribuirnos la invención de la corbata moderna, ninguna otra nación puede hacerlo”. Esta forma de chauvinismo textil tal vez no tenga fundamento histórico, pero cuadra muy bien con las antiguas maneras inglesas, incómodas cuando se aplicaban a la vida cotidiana. Ese afán por complicarse la vida, apuntó Julio Camba, podía apreciarse también en las duras camas británicas.
Ese es el asunto, la incomodidad, de la que surge la elegancia. La corbata es una molestia, un trapo inútil del que podría colgar una piedra. La elegancia de la corbata no es innata, no se origina en la fábrica, sino en el estoicismo de su usuario. El maestro en el uso de la corbata hace notar, sin que se le note, que es una prenda casual, liviana y soportable.
Cuánto lástima nos produce el contemplar al hombre cuando, sofocado por una comida copiosa, decide aflojarse la corbata. Qué falta de dignidad, que ausencia de respeto por su propia imagen. Debería anotarse como falta grave, lo mismo que aliviarse de la americana en las mismas circunstancias.
Fink y Mao, hombres muy documentados –y a los que partir de ahora honraremos-, observan que desde el principio el hombre siempre sintió la necesidad de abrigarse el gaznate y nos muestran el primer testimonio, un soldado chino de terracota con un pañuelo anudado, versión primitiva que aún emplean chulapos, griposos y “cow boys” . Después del pañuelo, observan, bien pudo ser la gorguera, que popularizó Enrique VIII, aunque no han reparado en la posible relación de este atavío con el divorcio o la decapitación. En todo caso, esas peanas escaroladas que convertían a sus portadores en bustos vivientes son inseparables de figuras tales como Felipe II o Cervantes, que, como saben, fueron personajes muy importantes.
Ha habido, no obstante, periodos en la historia en los que cubrirse el cuello no estaba bien visto. Horacio consideraba “afeminado o enfermo” aquel que se lo cubriera con la toga o la mano, aunque al legionario, sometido a las inclemencias del tiempo, le estuviera permitido. Roma, a pesar de su gloria, también cometió errores.
La etimología de la palabra croata es “cravate”, término francés para designar la chalina. Es sorprendente cómo se originan las palabras, porque durante la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) el rey Luis XIII ordenó reclutar a un puñado de croatas para que ayudaran en la lucha contra los Habsburgo. Estos esforzados héroes llevaron las primeras chalinas al campo de batalla por primera vez en la historia . Suponemos que algunos sastres militares apreciaron las cualidades de la prenda de estos hombres rudos, porque The Oxford English Dictionary registra la palabra inglesa “cravat” y la relaciona con “croat” (croata). Sea como fuere, estos valientes pusieron de moda la “cravate”.
Si queréis saber más sobre el asunto consultad Las 85 maneras de anudarse la corbata (Debate), de Thomas Fink y Yong Mao, que han sabido casado felizmente la abstracción matemática con la vanidad humana, del que es alto ejemplo este libro.
Pragmática
“Anudarse la corbata es el primer paso importante que uno debe dar en la vida”. Sí, era ésto, y lo dijo Oscar Wilde, maestro de dandis y de villenas. Pero no supo –su mente era aguda, pero no matemática- que el calculo infinitesimal y el descubrimiento del núcleo del átomo de Rutherford podían ofrecer perspectivas distintas al "four-in-hand", al Windsor y al reciente nudo Pratt.
Las hipótesis de la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad son, hoy por hoy, incompatibles. Los físicos teóricos, que piensan mucho, llevan años intentando conciliar estas dos formas de concebir el universo. No parece que hayan avanzado mucho. A lo más hablan de la “teoría de las cuerdas” en un intento desesperado de ordenar el caos que nos envuelve.
Fink y Mao, conscientes de sus limitaciones intelectuales, han aplicado la “teoría de las cuerdas” a las corbatas y no les ha ido mal. No lograrán el Premio Nobel, pero contribuirán con argumentos objetivos a la aparente arbitrariedad de las pasarelas de moda y a la locura de Galiano, huérfano de razones. Se trata de ordenar el caos a una escala menor, pero más relevante que la cuadratura del círculo.
Según “The Ashley Book of Knots” que citan en esta obra, el nudo “puede aplicarse a todas las formas que adquiere una cuerda, excepto las más accidentadas, como las marañas y los rizos y otras complejidades”. Si conocemos este axioma, concluimos que todos los caminos conducen a Roma y que hay tres tipos de nudos:
-El nudo llano o “half-hitch”.
-El nudo de rizo, que suele confundirse con el “granny”, y es poco útil.
-El nudo corredizo, más seguro que el “half-hitch”.
Estos modelos han sido los más empleados en la historia para liar pañuelos, golas, gorgueras y chalinas, constituyendo la estructura básica de los nudos. A partir de aquí, es posible todo estrangulamiento. No obstante, pese a su belleza intrínseca, omitiremos todos los pasos siguientes, porque su explicación rebasaría los límites dignos de legibilidad de este comentario. Así que iremos al grano.
El libro tiene un gran número de ilustraciones y fotografías para que el lector pueda guiarse por este cafarnaúm. Puede complementarse la lectura con la práctica simultánea, por lo que se recomienda tener a mano una corbata. Cada uno es responsable de sus gustos; los autores no especifican ni el color ni el tejido. A cierto conocido periodista ya retirado no le resultará difícil escoger un ejemplar reventón y colorista.
Bien equipados y con el libro en la mano, podrán ensayar el elemental “nudo de tres movimientos” (llamado también oriental), el ya citado nudo de cuatro movimientos (four-in-hand), el Plattsburgh , el Cavendish, el San Andrés... Así hasta 83 tipos. Todo depende de su narcisismo, del tiempo que esté dispuesto a perder o de su habilidad. Francamente, algunos son muy difíciles.

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