lunes, marzo 06, 2006

El cine según Ramón

«No soy un escritor, ni un pensador: soy un mirador». Lo decía Ramón Gómez de la Serna, autor psicotrónico, en el prefacio de su libro El Circo. «Miro y nada más», añadía. Luego, en una reciente edición de Cinelandia que reposa en mi mesa mientras escribo estas líneas, insiste: «La palabra está en los ojos».

Como la greguería, píldora de ingenio, la visión de Ramón es poética y cinematográfica. Se advierte en ocasiones en su obsesiva astucia, en su manera revirada de tantear las cosas, como si abusara de ellas, en ocasiones pervirtiendo su normalidad, otras veces erosionando con poesía sus perfiles más rutinarios, pero siempre con ternura. «Un tarugo de madera, un gran clavo, un cenicero, son elementos filosofales, claves del universo...»

Y el cine, la gran farsa del siglo XX, que lo atrae con sus acharolados zapatos hollywoodienses, mucho antes de que oscuros cronistas (Kenneth Anger) la transformaran en una Babilonia pecaminosa. El cine, sobre el que escribió con gran ironía, lo reclama como uno de sus hijos predilectos, solicitándole patente de ramonismo, derecho de asombro, misticismo de chamarilería.

El cine, que entonces comenzaba a penetrar en el lóbulo frontal de la imaginación colectiva, infeccionando de bovarysmo nuestras costumbres, alicatando nuestras penumbras con estrellas de brillos presocráticos. El cine.

La gran caverna de Platón es hoy un multicine donde quedan suspendidas las realidades que no son tersas ni puras y adolecen de ramplonería. El cine, sobre el que Ramón escribió frases estupendas, como ésta, tan actual aún: «La falsa ciudad tenía una mañana dormida. Nadie por las calles, todas las aceras sin huella». De qué otra forma podría ser hoy Los Angeles, ese bastión de sueños que hizo posible Sunset Boulevard. Allí todo amanecer es un crimen y un foco cerca la perturbada silueta de Gloria Swanson, mientras desciende las escaleras de la locura. Esto ocurre en «la ciudad que va a arder mañana».

A buen seguro que Ramón, tan coleccionista, habría poseído una gran videoteca en su casa, para espiar dos, tres y hasta diez veces Sinfonía de una ciudad, como un Paul Morand sedentario, mientras incuba la gordura del niño pera. Tal vez Ramón fue el niño pera de las vanguardias, harto de esa vieja España de la añoranza, el camino viejo y el tedio colonial. Es el niño pera del cine.

El cine, que Baroja no entendió, es para Ramón una delicatessen propicia al paladar de los gourmands –no confundir con gourmet-, en que nos hemos convertido los cinéfilos. Ramón, que sólo hacía ascos al garbanzo de la mediocridad, prefiere los voluptuosos festines de Hollywood, con sus arcos voltaicos orlando la figura melancólica de Rodolfo Valentino, ese primer Brad Pitt que enamoró a las modistillas madrileñas con sus párpados cinéfluos. Ramón es un tragón al que la modorra encumbra a la cima de la gloria cinematográfica, mientras se toma un cócteil Charlot y desgrana, precisamente, la tesis del charlotismo, uno de los muchos «ismos» que censó este habitante del torreón de la calle Velázquez.

¿Qué cine de hoy hubiese gustado al gordinflón? Uno quisiera saber si, efectivamente, el cine de hoy habría gustado al Ramón de ayer. Esta anacronía sin posibilidad, sin solución, es fascinante.

Pero el cine, convertido ya en comadreo, en ciencia académica, en esnobismo para clases medias, es ya otra cosa. No hay persona que no crea que sabe algo de cine y, sin embargo, lo mejor del cine sería no conocerlo en absoluto. Quiero recordar ahora ese asombro que experimentaron los obreros de Rusia ante el visionado de El acorazado Potemkin, incapaces de descifrar el desfile de imágenes vertiginosas. Yo quisiera ser como ellos, no saber nada, para comprenderlo desde un principio. Ser visualmente un analfabeto, haberme quedado en los prodigios de una barraca de feria y alcanzar por un instante la libertad de un rudo obrero comunista.

Pero he visto mucho cine, tanto que podría decir, como Roy Batty: "Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. He visto atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto brillar rayos C en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia".

1 Comments:

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10:58 PM  

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