lunes, marzo 06, 2006

El viejo mito

Don Juan, que nace como personaje literario definido en torno al año 1620 en “El burlador de Sevilla”, es un mito popular que brota espontáneamente en el imaginario colectivo. Antes que Don Juan existió el donjuán y el donjuanismo, aunque sin rebasar los límites de la leyenda o el mito. Sería Tirso el primero en proporcionarle estatura y peso específico a ese hombre de apellido tan notorio: Tenorio (rima ineludible y ripiosa).

Hoy como ayer permanece en la conciencia colectiva la imagen del donjuán, que no de Don Juan. Si esta se corresponde o no con la imagen que proyectan las numerosas obras que se han consagrado al personaje, no debe preocuparnos. En cada libro Don Juan posee distintos perfiles, pasando de la penumbra a la luz, de la condenación al final feliz, del arrepentimiento final a una culpabilidad aceptada y heroica. Don Juan no es más que el molde en el que diversos autores han vertido su escayola.

A Tirso de Molina suele atribuirse la invención de ese molde. Al igual que Shakespeare, que fusilaba historias y leyendas ajenas, el dramaturgo español no fue ajeno a la influencia de “El libro del buen amor”, de otro Juan, Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, quien nos detalla en su obra una larga serie de aventuras eróticas con damas de alta alcurnia, plebeyas de buen ver y mejor tocar, burguesas aburridas y accesibles o serranas –cuidado con éstas- brutas y ninfómanas, sin olvidar, claro, a las aceitunadas moriscas toledanas o a las monjitas inocentes tocadas por la mano del señor y del diablo. Aventuras que terminaban en un estrepitoso fracaso, porque el buen amor, enseñó hipócritamente Juan Ruiz, es el del Señor.

Como Don Quijote, el personaje de Don Juan sólo pudo surgir en el Renacimiento. Y lo hizo como agitador social y traidor de clase. Los amoríos fugaces y ligeros no se avenían bien con los amores cortesanos y discretos del héroe medieval, un poco lelo y tontaina, acuciado tanto por la teología como por el honor. Don Juan aparece en escena cuando Dios cotiza menos y el hombre es un valor en alza.

De hecho, el héroe medieval siempre lo fue a priori, pues apenas encontraba obstáculos en su peripecia. Don Juan es sólo un hombre que siente una atracción exagerada por las mujeres, que debe superar las convenciones sociales merced a sus talentos y su fortuna, y que, en última instancia, desafía a Dios. Don Juan en “El burlador de Sevilla” deja claro desde un principio su normalidad cuando Isabela le interroga: “¿Quien eres, hombre?”. A lo que él responde: “Un hombre sin nombre”. Respuesta que evoca al astuto Ulises de “La Odisea”, cuando el cíclope, que amenaza con devorarlo, exige saber su nombre. “Soy Nadie”, responde el rey de Ítaca.

No obstante, la quintaesencia de Don Juan no es su voluntad de seducción. Tirso no pensaba precisamente en su donjuanismo, sino en su irrespetuosa relación con Dios. Cuando el burlador invita a cenar al difunto Don Gonzalo y éste, en efecto, acude puntualmente a la cita, está transgrediendo una ley divina. Más que un seductor es un hereje. Invitar a un difunto a cenar es negar el temor que Dios debe inspirar al creyente. Tirso y sus posteriores respetarían este esquema, el del convidado de piedra que arrastra a los infiernos al apóstata, cuyo pecado no es la conquista sexual, sino la irreverencia.

Los orígenes del convidado de piedra son remotos y apuntan a la creencia en las fatales cabezas que adivinan el futuro, presentes ya en Virgilio. Tradición que Cervantes recupera también para “El Quijote”. Historias de muertos que castigan a quien perturbe su eterno descanso son típicas de la Edad Media y enlaza con ese gusto por lo macabro del Barroco, sus “vanitas” y sus “Memento mori”.

Es la fábula de un tal Leoncio la que guarda una relación más estrecha con la historia del convidado. Esta versión primigenia, creada por los jesuitas de Ingolstadt, cumple, paso a paso, la del Don Juan de “El burlador de Sevilla”, pero hay que añadir que es italiana. Esto no nos invita a proclamar la españolidad de Don Juan –es un mito universal-, aunque existían antecedentes en nuestro país. Menéndez Pidal sostiene que el folclore germánico y francés poseen leyendas de hombres que invitan a cenar a los muertos.

En la península no faltan antecedentes, sobre todo en Galicia y Castilla. En esta última es donde se registra “El romance del galán y la calavera”, la historia más interesante de todas. Sin embargo, en “El burlador de Sevilla” el cráneo se sustituye por una estatua de piedra. ¿Por qué lo hizo así Tirso? Diversos expertos se refieren a Plutarco o Aristóteles, autores demasiado lejanos. Y eso es salirse de madre.

Con todo, la concepción popular de Don Juan da más importancia a su irrefrenable vocación de conquistador de doncellas. Aun en estos tiempos de corrección política y dictadura verbal, este personaje continúa originando simpatías, a pesar de su trasnochada conducta. Se habla de un donjuán como de un triunfador sexual, embustero pero encantador, fanfarrón y elegante, pero en última instancia irresistible. ¿Quién no querría parecerse un poco al personaje? Si nos enfrentamos a Don Juan, todos salimos perdiendo.

Y sin embargo, pese a los esfuerzos de Tirso, Molière y Da Ponte –autor del libreto del “Don Giovanni” de Mozart-, su imagen verdadera –si existe- no sería la que se le suele atribuir: la de alguien envidiable. Grandes intelectuales han despojado a Don Juan de parte de su carácter, como Stendhal o Albert Camus. Esto es así también por la cantidad de versiones que se han realizado, de las cuales no es fácil extraer coincidencias.

El Don Juan de Tirso es cualquier cosa menos un tipo envidiable. Lo que sucede es que el modelo estándar –si esto es posible- que ha perdurado en la mente de todos es el de Zorrilla, completamente sofisticado por un romanticismo cursi. Zorrilla no sólo dulcifica la trama, sino que salva in extremis a Don Juan de la condenación eterna. El final feliz en este caso viene condicionado por la necesidad de halagar al público burgués de la época.



Tirso habría lamentado que el público no advirtiera que el atractivo que se le supone a Don Juan es sólo un simple un gancho, un rasgo de humanidad para implicar al espectador. La seducción, pecado menor, es una forma de anunciar su vinculación al satanismo, al mal, presentado bajo toda forma de ruindades y vilezas. Hasta el siglo XVIII, todos los autores coincidieron en destacar el valor de fábula moralizante por la condición de antimodelo del personaje. Pobre Don Juan...

Los románticos pretendieron todo lo contrario. En ocasiones, su vinculación a lo satánico no desapareció. Baudelaire precisamente lo asocia en “Las flores del mal” con este concepto, que no debe tomarse como algo literal. Dios es el símbolo del orden social; el Diablo, el cambio, el devenir, la alternativa, como sugirió también Milton en “El paraíso perdido”. Es también el Don Juan revolucionario y rebelde de, por ejemplo, Lord Byron.

Zorrilla aspiró a menos. Simplemente lo transformó en un converso, en una criatura redimida por el amor de Doña Inés. Desde 1864, la obra de Zorrilla se viene representando el Día de Difuntos, pese a que la de Tirso evoca con más fuerza el tenebroso mundo de ultratumba. Que siga la tradición de un personaje incompleto, abierto, cortado en bisel. Don Juan nos sigue engañando porque no conocemos su verdadero rostro. Detrás de la máscara, no sabemos qué esconde. También se burla de nosotros, nos confunde.

Una de las últimas versiones nos la ofrece una película, “Don Juan De Marco”, protagonizada por Johny Depp. En esta ocasión el personaje se acerca más a los locos desatinos de Don Quijote que a las trampas amorosas del mito. Enfermo de amor y de sí mismo, este Don Juan tiene algo de pacotilla, de caricatura heroica. Sigue seduciendo, pero no recurre al ardid, a la falsedad. Es demasiado bueno para nuestro gusto, no para las hormonales adolescentes. Sólo es la sombra de otra sombra.