En el internado
Esta mañana me he mirado en el espejo y me he descubierto un barrillo cerca de la nariz. Es blanco, grasiento y me pica cuando lo acaricio suavemente con la yema del dedo. Este granito sin importancia, este espinilla demasiado delicada, me está pidiendo que la apriete entre mis dedos hasta reventarla. A ciertas mujeres les encanta extraer estas sebosidades de la espalda de sus parejas, tarea a la que suelen dedicar con minuciosa morbosidad. Qué cosa más extraña este juego que suele verse en las playas y que a mí me resulta del todo repugnante. En los tiempos del internado, con quince o dieciséis años, había en mi clase uno de esos chicos al que la desgracia le había caído en pleno rostro. Se apellidaba Santaella y tenía unos granos enormes. Llevaba mal su patología –qué otra cosa podría ser aquel rostro de topografía lunar-, así que nunca te miraba a los ojos o lo hacía de lado, siempre con la cabeza gacha, avergonzado de su acné recalcitrante y brutal. Todos nos compadecíamos de él. Sentíamos que la suya era una vida triste y un poco paria. A esa edad en que las chicas suelen enamorarse de las pieles tersas y elásticas de los adolescentes, aquel rostro era condenatorio, como una marca excluyente que le cerrara las puertas de la primera sexualidad. En una ocasión recuerdo que se estaba rascando una de aquellas costras de color pardusco cuando, de repente, se reventó sin querer un grano. Entonces un líquido, mezcla de pus y sangre, brotó como de un surtidor para caer en la camisa blanca de una de las chicas más guapas de la clase. Incluso ahora puedo ver el revuelo que causó aquel suceso y las lágrimas de impotencia y humillación que aquel pobre muchacho vertió cuando pudo apreciar el asco que aquella supuración nos produjo a todos. La chica, con gran dignidad, reprimió su náusea y tuvo incluso la delicadeza de hablar con el pobre Santaella, minimizar su desgracia, lo que no consiguió. Meses después, nos contó uno de los profesores, el chico se cortó las venas en su casa, atormentado por sus granos terribles. Los padres lo encontraron en la bañera con todos los granos sajados, como si antes de poner fin a su vida hubiese intentado por última vez librarse de su maldición. No estuvimos allí para salvarlo.

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