En la panadería, me entiende un chico de rostro blando y abotargado. La pura imagen de la simpleza. Va vestido como un niño de seis años y tarda en reaccionar cuando le pido una barra de pan de leña. Debe de ser el hijo del jefe y tiene al menos los mismos años que yo. Alguna vez, cuando ha entrado una chica guapa, sus mejillas han enrojecido y, lleno de timidez, ha huido a la trastienda. Un caso patológico. Yo, en cambio, soy de esos tímidos que rápidamente apartan la mirada cuando una chica los mira. Cuando en alguna ocasión me he propuesto desafiar una mirada femenina, mi fracaso ha sido estrepitoso, total, pues paso de una dureza impostada a una blandura zangolotina y boba. No lo puedo evitar. Lo explica muy bien Pla cuando dice: “la mirada de reojo pide demasiada imaginación y tiene toda la insuficiencia de la hipótesis”. Y yo añado: “la mirada franca y directa exige una sumisión total a la evidencia”. Quedan así resumidas las dos grandes tendencias de la vida, la del señor Pla, que es sensual y materialista; y la mía, que aunque cobarde, es más especulativa.

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