Novela que casi nadie lee
Siempre tengo abiertos varios frentes de lecturas. Me gusta zapear libros. Repartirlos por toda la casa –la mesilla, las estanterías, el viejo baúl del salón, el sillón- y entregarme caprichosamente a su escrutinio. Llevo estos días enfrascado con Tirante el Blanco, ese libro que nadie lee y conocemos por los viejos planes de estudio del bachillerato. Es la cumbre de la novela de caballería, el único en su género que en El Quijote se salva de la pira censora del cura y el barbero. “Es el mejor libro del mundo”, diría Cervantes.
Desde el punto de vista de la estructura, es un libro ambicioso que contrasta con el registro de defunción que se ha expedido en nuestra época, que lo ha embalsamado con el aceite rancio de la ignorancia. Sorprende la disparatada vitalidad de este cadáver. ¿Hace falta decir que Cervantes no quiso acabar con este tipo de novela?
Mario Varga Llosa, en el prólogo de la edición que manejo, coloca al valenciano Joan Martorell como el primero de “esa estirpe de suplantadores de Dios –Fielding, Balzac, Dickens, Flaubert, Joyce, Faulker- que pretenden crear en sus novelas una realidad total”. Tirante el Blanco es el intento descabellado como la que aquel personaje de Borges que quería construir un mapa del mundo a escala natural.
Por supuesto, es una novela de caballería, aunque menos inverosímil. Apenas se registran sucesos sobrenaturales, salvo algún añadido que los filólogos han atribuido a Martí de Galba. También, pese a sus anacronías y hechos falseados, es una novela histórica, pues se han identificado monarcas, acciones y lugares que Martorell ha robado a la crónica de su época. Pero ¿cómo fiarse de una Inglaterra invadida por la morisma en sus primeros capítulos? Cuando al conde de Varoic se le aparece la Virgen para que socorra al rey inglés, ¿no nos estamos instalando en la superchería?
Vargas Llosa se pregunta también si no estaremos también ante una novela militar. El Tirante recoge todos “los secretos de la brutalidad de su época”. La cantidad de información que proporciona sobre los usos y costumbres militares es tan pormenorizada que otro tipo de obras –sobre todo películas- pecan de inexactitud. Esta novela describe el arte abyecto de la guerra con una precisión caudalosa y bestial. La educación del hijo del conde de Varoic puede resumirse en tres lecciones: recién nacido, se le golpea para que llore por la partida de su padre y haga suyo el dolor de su madre; de niño, su padre le obliga a rematar a un árabe enemigo, tras lo cual lava con la sangre del muerto; ya joven, se dispone a participar en un torneo y derrota a todos sus adversarios. Como advierte Vargas Llosa, también el entramado estratégico es vario y sorprendente. Una batalla puede ser ganada cambiando por jabón y queso la punta de los pivotes de ballesta del enemigo. La violencia, convenientemente estilizada –no puede dejar de pensar en Kill Bill- es generosa en su descripción. Durante el sitio de Rodas, sus habitantes comen gatos y ratas, a menudo los sesos chorrean “por los ulls y las orelles”y el número de mutilaciones y miembros cercenados superaran lo que podríamos soportar en una pantalla de cine.
Cierto, señala Vargas Llosa, también podría ser una novela social o costumbrista. Tirante tiene algo de comedia humana a lo Balzac. En su abigarrado interior, encierra una visión completa de su época, con sus estamentos sociales, sus costumbres religiosas y el ascenso de las clases más bajas –relegadas a un incipiente papel secundario-, con la que comienza a mostrarse esa tensión social característica de la novela moderna. “Es un maniático y perverso entomólogo”, afirma el escritor peruano, a propósito del repertorio de usos y costumbres de una época que asiste al nacimiento de los primeros burgueses con aspiraciones o a la lucha de gremios y artesanos que alborotan la escena política medieval, aunque por fecha de publicación debemos entender que el Tirante es una novela renacentista y, por lo tanto, muy humana.
Tan humana que cabe pensar también que es una novela erótica, pues el sexo tiene un papel primordial, más aún si cabe que la guerra. Al principio de la obra, casi no aparece. Poco a poco, hasta que Tirante toca por descuido los pechos de la bella Agnés al quitarle un relicario, el sexo se desborda por la variedad y la fantasía: desde el diplomático amor cortés de palabras apenas susurradas, al puro desmadre orgiástico, el sexo sin preliminares, fetichismo, lesbianismo, intentos de violación, voyerismo, juegos éroticos, incesto. No aparecen prostitutas pero, como sugiere Vargas Llosa, “el amor tiene casi siempre implicaciones mercenarias”. El sexo vale tanto como las monedas que los personajes intercambian.
En cualquier caso, Tirante vale como novela psicológica en la medida en que lo hace, por ejemplo, Los Soprano, en donde se profundiza en la psique de unos personajes ajenos por completo a nosotros para atravesar la carne sensible que descubra su origen y sus motivaciones. De forma gradual y justificada, ahorrando en adjetivos, se nos dibujan comportamientos. La narrativa contemporánea pocas veces ha demostrado tanta delicadeza, tanta sabiduría en la puesta en marcha de unos personajes que se individualizan con la certera narración de sus actos.
Y en eso no disculpamos a tanto guionista de cine y televisión, a tanto novelista arbitrario, incapaz de insuflar vida al torpe gólem de su creación.
Desde el punto de vista de la estructura, es un libro ambicioso que contrasta con el registro de defunción que se ha expedido en nuestra época, que lo ha embalsamado con el aceite rancio de la ignorancia. Sorprende la disparatada vitalidad de este cadáver. ¿Hace falta decir que Cervantes no quiso acabar con este tipo de novela?
Mario Varga Llosa, en el prólogo de la edición que manejo, coloca al valenciano Joan Martorell como el primero de “esa estirpe de suplantadores de Dios –Fielding, Balzac, Dickens, Flaubert, Joyce, Faulker- que pretenden crear en sus novelas una realidad total”. Tirante el Blanco es el intento descabellado como la que aquel personaje de Borges que quería construir un mapa del mundo a escala natural.
Por supuesto, es una novela de caballería, aunque menos inverosímil. Apenas se registran sucesos sobrenaturales, salvo algún añadido que los filólogos han atribuido a Martí de Galba. También, pese a sus anacronías y hechos falseados, es una novela histórica, pues se han identificado monarcas, acciones y lugares que Martorell ha robado a la crónica de su época. Pero ¿cómo fiarse de una Inglaterra invadida por la morisma en sus primeros capítulos? Cuando al conde de Varoic se le aparece la Virgen para que socorra al rey inglés, ¿no nos estamos instalando en la superchería?
Vargas Llosa se pregunta también si no estaremos también ante una novela militar. El Tirante recoge todos “los secretos de la brutalidad de su época”. La cantidad de información que proporciona sobre los usos y costumbres militares es tan pormenorizada que otro tipo de obras –sobre todo películas- pecan de inexactitud. Esta novela describe el arte abyecto de la guerra con una precisión caudalosa y bestial. La educación del hijo del conde de Varoic puede resumirse en tres lecciones: recién nacido, se le golpea para que llore por la partida de su padre y haga suyo el dolor de su madre; de niño, su padre le obliga a rematar a un árabe enemigo, tras lo cual lava con la sangre del muerto; ya joven, se dispone a participar en un torneo y derrota a todos sus adversarios. Como advierte Vargas Llosa, también el entramado estratégico es vario y sorprendente. Una batalla puede ser ganada cambiando por jabón y queso la punta de los pivotes de ballesta del enemigo. La violencia, convenientemente estilizada –no puede dejar de pensar en Kill Bill- es generosa en su descripción. Durante el sitio de Rodas, sus habitantes comen gatos y ratas, a menudo los sesos chorrean “por los ulls y las orelles”y el número de mutilaciones y miembros cercenados superaran lo que podríamos soportar en una pantalla de cine.
Cierto, señala Vargas Llosa, también podría ser una novela social o costumbrista. Tirante tiene algo de comedia humana a lo Balzac. En su abigarrado interior, encierra una visión completa de su época, con sus estamentos sociales, sus costumbres religiosas y el ascenso de las clases más bajas –relegadas a un incipiente papel secundario-, con la que comienza a mostrarse esa tensión social característica de la novela moderna. “Es un maniático y perverso entomólogo”, afirma el escritor peruano, a propósito del repertorio de usos y costumbres de una época que asiste al nacimiento de los primeros burgueses con aspiraciones o a la lucha de gremios y artesanos que alborotan la escena política medieval, aunque por fecha de publicación debemos entender que el Tirante es una novela renacentista y, por lo tanto, muy humana.
Tan humana que cabe pensar también que es una novela erótica, pues el sexo tiene un papel primordial, más aún si cabe que la guerra. Al principio de la obra, casi no aparece. Poco a poco, hasta que Tirante toca por descuido los pechos de la bella Agnés al quitarle un relicario, el sexo se desborda por la variedad y la fantasía: desde el diplomático amor cortés de palabras apenas susurradas, al puro desmadre orgiástico, el sexo sin preliminares, fetichismo, lesbianismo, intentos de violación, voyerismo, juegos éroticos, incesto. No aparecen prostitutas pero, como sugiere Vargas Llosa, “el amor tiene casi siempre implicaciones mercenarias”. El sexo vale tanto como las monedas que los personajes intercambian.
En cualquier caso, Tirante vale como novela psicológica en la medida en que lo hace, por ejemplo, Los Soprano, en donde se profundiza en la psique de unos personajes ajenos por completo a nosotros para atravesar la carne sensible que descubra su origen y sus motivaciones. De forma gradual y justificada, ahorrando en adjetivos, se nos dibujan comportamientos. La narrativa contemporánea pocas veces ha demostrado tanta delicadeza, tanta sabiduría en la puesta en marcha de unos personajes que se individualizan con la certera narración de sus actos.
Y en eso no disculpamos a tanto guionista de cine y televisión, a tanto novelista arbitrario, incapaz de insuflar vida al torpe gólem de su creación.

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