Nuestra película
Según un estudio realizado en Estados Unidos, muchas personas de ese país sufren depresiones porque consideran que sus vidas no darían juego para un buen guión cinematográfico. Así planteado, el asunto parece el enésimo ejemplo de la estupidez americana. Aunque si vamos más allá de este primer juicio superficial, quizá advirtamos que se trata de una realidad que todos experimentamos en ciertos momentos.
La natural inclinación del hombre por imitar produce en nosotros el deseo de identificarnos con aquello que percibimos como admirable y deseable. Todas las artes visuales, especialmente el cine, así como la narrativa en todas sus formas, e incluso la poesía, son ventanas privilegiadas a través de las que nos asomamos al mundo de lo deseable. Y nos deprimimos cuando caemos en la cuenta de que las circunstancias de nuestra vida nada tienen que ver con las de esos personajes que vemos desde tales ventanas, que nuestra vida es vulgar y rutinaria.
Cuando caemos en la cuenta de lo que nos ocurre a nosotros es brutalmente vulgar, brutalmente real –que tu padre está grave en el hospital, que no te gusta tu trabajo, que se te ha inundado el piso-, nos sentimos muy insignificantes. Eso sí, seguimos yendo al cine.
“La verdad no hace tanto bien en el mundo como daño hacen sus apariencias”, dijo La Rochefoucauld, quien nos “consuela a fuerza de ser pesimista como nosotros”, según dijo de él ese gran crítico que fue Sainte-Beuve.
La natural inclinación del hombre por imitar produce en nosotros el deseo de identificarnos con aquello que percibimos como admirable y deseable. Todas las artes visuales, especialmente el cine, así como la narrativa en todas sus formas, e incluso la poesía, son ventanas privilegiadas a través de las que nos asomamos al mundo de lo deseable. Y nos deprimimos cuando caemos en la cuenta de que las circunstancias de nuestra vida nada tienen que ver con las de esos personajes que vemos desde tales ventanas, que nuestra vida es vulgar y rutinaria.
Cuando caemos en la cuenta de lo que nos ocurre a nosotros es brutalmente vulgar, brutalmente real –que tu padre está grave en el hospital, que no te gusta tu trabajo, que se te ha inundado el piso-, nos sentimos muy insignificantes. Eso sí, seguimos yendo al cine.
“La verdad no hace tanto bien en el mundo como daño hacen sus apariencias”, dijo La Rochefoucauld, quien nos “consuela a fuerza de ser pesimista como nosotros”, según dijo de él ese gran crítico que fue Sainte-Beuve.

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