miércoles, marzo 08, 2006

Ornitocidio

Yo tenía ocho o nueve años, era primavera y ese fin de semana había ido con mis abuelos al chalé que teníamos en Los Molinos. En aquella época del año era raro que alguno de mis amigos estuviera por allí con sus padres, así que estaba solo y de alguna manera tenía que entretenerme. No se me ocurrió otra cosa, dada la fascinación que yo tenía entonces por las armas blancas, que fabricarme un arco. Para ello emplee lo que tenía más a mano: una dura y flexible caña de bambú que el jardinero había cortado y que encontré entre los restos de la poda del invierno, una goma que corté de una carpeta y unas finas varillas de madera del armazón de una cometa que nunca había conseguido hacer volar. Apoyando uno de las puntas en el suelo, mi pie como tope, y doblando la otra con al brazo, pude tensar la caña, a la que previamente había practicado dos hendiduras con un cuchillo, donde colocaría ambos extremos de la goma. Varias vueltas de cinta aislante reforzarían el conjunto, hasta dotarle de la solidez necesaria. Luego afilé las puntas de las varillas con ese mismo cuchillo y las endurecí al fuego, tal y como había visto una vez en televisión. Las plumas de la flecha las fabriqué con cinta aislante. De esta manera conseguí equilibrar su vuelo. Mis primeros ensayos los realicé sobre la corteza de un árbol a una distancia de diez metros. Aquello parecía funcionar.

Tras varios intentos, logré calibrar mi puntería, animándome a aumentar la distancia, hasta conseguir acertar sobre el blanco a nada menos que veinte metros. A pesar de todo, el arco no poseía la suficiente tensión para arrojar con fuerza los proyectiles. La elasticidad de la goma era en realidad la responsable de que mi arma funcionara y de que consiguiera clavar los dardos en la blanda corteza de los pinos. No estaba mal, a pesar de todo, para un niño de ocho o nueve años.

Pasé toda la mañana disfrutando de mi invento, imaginando batallas, escondiéndome en las arizónicas para sorprender un venado imaginario o huyendo heroicamente de enemigos invisibles. Pero pronto me cansé de aquel juego que no podía compartir con mis amigos. Las puntas de las flechas, además, se estaban desgastando y ya no conseguía clavarlas como al principio. Cuando el aburrimiento y el capricho ya estaban haciendo mella en mí, un ruido en la ventana llamó mi atención. Al acercarme en silencio pude escuchar el sonido de un gorjeo surgiendo de la parte superior de la persiana. Era normal. Todos los años mi abuela descubría nidos en los lugares más insospechados de la casa. Empujado por mi maliciosa curiosidad infantil, hurgué con un extremo del arco en el cajetín donde se enrollaba la persiana. El ruido que producía parecía alarmar al ave que se encontraba en su interior. Insistí con mis amenazantes exploraciones. No veía nada, pero sabía que había algún lugar por el que se introducían el pájaro. Quería verlo, sacarlo de allí, acariciarlo. Cuando creía que nunca lo conseguiría, un bulto de plumas cayó al suelo, a mis pies.

No era como yo me lo imaginaba. La criatura que se revolvía en el suelo era una cría implume cubierta por unos pelillos grisáceos. Yacía boca arriba, indefensa, y gorjeaba desesperadamente. Miré a mi alrededor, más por miedo a que me descubrieran que por tratar de descubrir a su madre. ¿Qué hacer? El animal, entretanto, agitaba sus alas tratando de incorporarse, con un gorjeo insistente que empezaba a asustarme. Pensé en devolverlo a su lugar, pero no lograba encontrar la localización exacta de su nido. Tendría que hacerme cargo de aquella criatura, adoptarla, algo que sabría no me permitirían. ¿Qué hacer?

Resolví que tendría que deshacerme de ella, matarla antes de que me descubrieran. Miré el arco, sopesándolo varias veces y, dirigiéndole la mirada, lo tensé. Al principio no me atreví a apuntar a aquel animal, un pudor me lo impedía. Aquello iba a ser un asesinato. Yo lo sabía y eso me llenaba de pensamientos pavorosos. Era muy probable que yo no recibiera castigo por aquel acto que, finalmente, ejecuté con frialdad.

Disparé la primera flecha a quemarropa, sobre la vertical, que se clavó superficialmente en el muslo. Después de mi primer y fallido primer ataque, la expresión del pájaro era una mezcla de incomprensión y dolor que no podía ser pronunciado. Después, abrió el pico, gimiendo mudo, hasta relajarse agónicamente. Tras observarlo durante unos instantes, volví arrojarle uno de mis dardos. En esta ocasión logre penetrar el pecho, pero a pesar de todo, continuó viva con una horrible expresión que parecía denunciar mi crueldad. Un hilillo de sangre brotaba de ambas heridas.

Tres, cuatro, cinco flechas y el pajarillo seguía vivo. Estaba prolongando su tortura hasta límites que ni yo mismo soportaba. Inesperadamente, la sexta atravesó limpiamente su cabeza, convirtiéndolo en un amasijo sanguinolento que no gorjeaba pero que me atormentaba con la misma e insistente pregunta: ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué los ha hecho? Fue como si el Dios del Antiguo Testamento hubiese descendido hasta mi jardín, y señalándo mi crimen, me hiciera sentir como Caín después de asesinar a su hermano.

Y como Caín también, yo llevo desde entonces la marca de los asesinos. En aquella ocasión fui rematadamente malvado. Me deshice del cuerpo, que envolví en un trapo, y lo oculté entre unas zarzas, en un prado cercano a mi casa. Procuré olvidarme de aquello, pero lo cierto es que nunca pude y aún hoy me cruza un escalofrío cada vez que recuerdo este episodio que siempre manchará mi vida. ¿Cómo hacerme perdonar? ¿Cómo limpiar mis manos de aquella sangre? A veces me justifico y pienso que sólo era un niño asustado por las consecuencias de una travesura. Yo sé que no es cierto.