lunes, marzo 06, 2006

Prosopón

Siempre me gustó la expresión “sentirse abismado”. Todos, en algún momento del día, nos precipitamos desnudos al vacío. No son momentos especialmente brillantes y no poseen ese extraño simbolismo que nos invite a reflexionar. El abismo suele aparece espontáneamente y suele invitarnos a dar un paso en falso, a cometer un extraño suicidio moral. H. puede estar trabajando en la mesa de su oficina y de pronto levantar la mirada, vagamente aburrido, y contemplar lo que ocurre más allá del cristal de la ventana: en el peor de los casos, una pared de ladrillo sin revocar, sobre la que, jornada tras jornada, se pregunta por la extraña caligrafía de manchas, humedad y hollín. En esos instantes no siente nada, pero algo vibra en el aire, quizá una atmósfera de irrealidad. No es eso, ni mucho menos, porque no es capaz de comprenderlo, ni siquiera es una intuición de saberse frágil. Creo que es el momento en que todo hombre quisiera quitarse la máscara, nuestra vieja y querida amiga.